Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Soy Florian Takou.
Nací en el litoral de Camerún el 9 de agosto de 2005, en el seno de una familia poligámica de dos religiones diferentes, de madre cristiana y padre musulmán.
Cuando llegué a este mundo, mis padres vivían separados y mi abuela paterna nos puso una casa donde poder vivir con mi madre. Raramente veía a mi padre. Tampoco tenía relación con la familia paterna. Siempre estaba solo con mi madre y vivíamos con menos de cinco euros al día.
Mi madre, Nana Regina, para ganarse el sustento, trabajaba en el comercio. Pero la vida para nosotros era verdaderamente difícil porque no teníamos medios para subsistir. No pude continuar mis estudios porque me expulsaron de la escuela al no poder pagarla. Estuve mucho tiempo sin estudiar.
Continuamos viviendo en esas condiciones hasta que mi padre falleció, momento que la familia de mi padre aprovechó para desalojarnos de la casa. Yo tenía ocho años. No teníamos hacia dónde ir y no nos quedó otra opción que salir de la casa y trasladarnos al Kumba, al suroeste de Camerún, a la casa de la tía de mi madre. Una vez allí, mi madre luchó trabajando en el campo para que, entre otras cosas, yo pudiese volver a la escuela a estudiar.
Después de tres años, en 2016, comenzaron las manifestaciones de los profesores que reclamaban un mejor salario. Luego se unieron los abogados. Y así se fue extendiendo el conflicto a otras personas del pueblo que cogieron armas. En aquellos momentos había días en que estaba prohibido salir de la casa e ir al colegio, porque te podían matar. La situación era cada día era más difícil, hasta el punto de no encontrar ni para comer.
Mi madre decidió enviarme a otra ciudad, Mamfé, porque no podíamos seguir allí por falta de dinero. Viajé con un conocido y fui a vivir con mi abuela materna y mi hermano mayor, hijo de otro padre. Allí tambien había revueltas, pero mi madre creyó que estaría a salvo por ser un pueblo más pequeño. Al tener el campo cerca de la casa, teníamos acceso a la comida y al menos no moríamos de hambre.
Una vez allí me quedé al cuidado de ambos, pero el conflicto también estaba presente en Mamfé. Allí, uno de los militares cabecillas era amigo de mi hermano y a menudo andaban juntos, pero mi hermano no se unió a la guerra con ellos. No estaba de acuerdo con sus ideas ni quería participar, por lo que trató de distanciarse.
Hubo enfrentamientos y mataron a varios policías. La policía comenzó a buscar a los autores y, cuando encontraban a alguien, lo torturaban hasta obtener la ubicación de los demás, si no te torturaban hasta morir. Detenían a personas, las citaban en la comisaría para que acudiesen con toda la familia, no les importaba la existencia de niños y, en ocasiones, las personas que iban no regresaban. En el pueblo los habitantes teníamos miedo.
La policía comenzó a buscar a mi hermano y a las personas cercanas a él. Un día llegaron a la casa, él no estaba y nos comunicaron que deberíamos presentarnos todos en la comisaría antes de dos días. Cuando mi hermano regresó, le comentamos la situación y de inmediato se dio cuenta de que debía marcharse, y buscó ayuda en el cabecilla de las revueltas, pensando que era su "amigo".
Su amigo le insistía, le quiera obligar a que se uniera a su grupo armado, argumentando que era parte de la aldea a la que estaba defendiendo. Como no accedió a lo que se le exigía, le dieron tres días para que se lo pensase. De lo contrario quemarían nuestras casas con nosotros dentro, como ya habían hecho con otras familias. A la vista de estas amenazas, huimos mi abuela y yo con mi hermano al bosque, escondiéndonos tanto del grupo armado como de la policía. Al tercer día nos enteramos de que, en la noche, habían quemado nuestra casa. Mi abuela sufría por esta situación, no podía entender lo que estaba pasando y, a raíz de todo lo anterior, comenzó a enfermar. No teníamos los medios para llevarla al hospital ni los recursos para comprar medicamentos. A la semana siguiente murió, no pudo soportarlo, fueron momentos muy tristes y difíciles para mí, era apenas un adolescente de trece años y también para mi hermano.
Tras su funeral, mi hermano decidió que saliéramos del país. Pasamos dos meses de camino dentro del bosque, llegamos a Nigeria, a la villa de Yola, allí estuvimos durmiendo en una estación de autobuses. Unos meses después mi hermano encontró un trabajo como ayudante de albañil, logrando obtener algo de dinero para cubrir nuestras necesidades más básicas.
Un amigo de mi hermano le propuso ir a otro pueblo, que se llama Kano, porque, según él, había trabajo allí. Estábamos buscando un lugar donde encontrar paz y poder vivir tranquilos. Más tarde, desde Níger pasamos a Tamanrasset, una ciudad de Argelia, y allí estuvimos tres meses. La situación era siempre la misma, la policía era muy inquietante. Tuvimos que irnos e instalarnos en Orán y allí vivimos en un gueto con otras diez personas. Mi hermano salía cada mañana para ir a trabajar, hasta que un día lo cogió la policía, lo detuvo y lo envió de vuelta al desierto de Níger, donde estuvo más de un mes para poder regresar. Esta es una práctica habitual en este país, donde a muchos migrantes la policía los detiene y luego los deja en medio del desierto, entre Argelia y Níger.
Durante todo el tiempo que estuvo mi hermano fuera, permanecí en el gueto con otras personas que a menudo me ayudaban y me daban de comer. Recuerdo sus rostros y sus nombres: Liliane, Matian, Amani... Esta situación se repitió hasta en tres ocasiones, hasta que mi hermano decidió que debíamos marcharnos de Argelia e ir a Marruecos, porque la situación era verdaderamente insostenible en ese país.
Abandonamos Orán para irnos a Tremecén, en la frontera de Argelia con Marruecos, donde pasamos una semana con numerosas personas que, como nosotros, querían pasar. El día de la entrada nos pusimos en fila, los más pequeños estábamos detrás del guía y los mayores a continuación. Eramos diez en nuestro grupo, pero en total unos cincuenta entre hombres y mujeres de muchas etnias y países. Tras una noche caminando entramos en territorio de Marruecos y fuimos vistos por la policía. Hubo una emboscada, todos nos dispersamos, cada uno corrió por su cuenta. La policía nos perseguía con perros. En ese instante ya no sabía dónde estaba mi hermano, lo perdí de vista...
Seguí al guía de Camerún, había mucha gente y llegamos a un pueblo que se llama Oujda. El guía nos llevó a la casa de una chica. Éramos tres en total: Pokam, Pepito y yo. Nos reclamaban pagar el resto del dinero que se había pactado. Mi hermano había entregado doscientos euros, según lo pactado, y debía pagar los otros doscientos una vez cruzada la frontera.
No sabía dónde se encontraba mi hermano, no tenía teléfono para llamarle. El guía no dejaba de reclamar su dinero. Como represalia nos encerró en una habitación a los tres que estábamos en la misma situación, nos decía que si no pagábamos nos devolverían a Argelia.
Estando allí, las dos personas junto a las que me habían encerrado lograron contactar con sus familiares por teléfono y pudieron pagar el dinero restante al guía, yo seguía encerrado.
Durante todo este tiempo, yo no había tenido noticias de mi hermano. Cuando ellos se fueron, se dirigieron a una iglesia católica de Oujda y allí explicaron mi situación al padre Antoine Exelmans. Durante tres días el padre amenazó al guía con denunciarlo si no me liberaba. Una vez que me pusieron en libertad, me fui a la iglesia y me facilitaron las cosas para poder asearme. Continuaba sin noticias de mi hermano. En este momento di gracias a Dios por lo que se manifestó a través de estos dos chicos, Pokam y Pepito, que pudieron explicarle mi situación al sacerdote que me liberó de donde estaba, porque yo no tenía a nadie a quien llamar, tampoco familia, estaba solo y me sentía abandonado. Ellos fueron el rostro de Dios. A través de ellos Dios me mostró su Luz.
Al día siguiente, los compañeros me dijeron que tenían a sus hermanos mayores en Kenitra, que podía seguirlos y luego podríamos buscar trabajo. Así que viajamos a Kenitra y, una vez que llegamos, nos encontramos que el hermano vivía en una habitación que teníamos que compartir todos. Encontrar trabajo era cada vez más agotador y para nada fácil. Me vi obligado a levantarme por la mañana para mendigar y pedir ayuda a la gente. Unos me daban dinero y otros me daban comida. Viví así durante un año y pude ahorrar aproximadamente la suma de quinientos euros.
Durante ese tiempo, recuperé contacto con mi madre, ninguno de los dos habíamos tenido noticias de mi hermano.Vivía en una situación muy precaria, no podía trabajar ni ir a la escuela, sólo me quedaba mendigar para seguir adelante.Me encontré con algunas personas que habían decidido viajar y me trasladé con ellos a Tantán. Una vez allí decidimos venir a España.
En Tantán también vivía en un gueto con más de cincuenta personas. Allí pasé un año y ocho meses intentando cruzar muchísimas veces a España, sin resultados. En varias ocasiones vi cómo se rompían las pateras y morir a varias personas. La situación se me hacía cada día menos llevadera y siempre sometido a la estrecha vigilancia y tortura a la que éramos sometidos por la policía de Marruecos.
Me encontraba abandonado, con preguntas sin respuesta, no tenía dinero para comer y la situación era cada día más difícil. A menudo me encontraba llorando y preguntándome qué había hecho para merecer tanto dolor. Llegué a un punto en el que no quería seguir viviendo.
En una de esas ocasiones hablé con mi madre, pensaba en su situación y ella me dijo que hay un Dios para todo. Y después de mucho llorar y rezar, Dios se manifestó a través de mis sueños diciéndome dónde encontrar el lugar por el que cruzar el océano Atlántico. Mi relación personal con Dios se basa en la fe, la confianza y el amor. Dios siempre ha sido el centro de mi vida, guía todas las decisiones y mis acciones. Siempre me he sentido conectado a Dios a través de la oración, la naturaleza y a través de las personas que ha ido poniendo en mi camino. Dios ha estado siempre conmigo.
Una semana después, hubo una llamada pidiéndome que me preparara para el viaje. Una vez en el desierto, nos recogieron en coches marroquíes y nos llevaron a orillas del mar, donde embarcamos en una patera destino a España. Éramos cuarenta y tres, entre subsaharianos y marroquíes.
Después de cinco horas de viaje, el mar se fue volviendo más y más peligroso, llegando a romper la patera donde íbamos. El agua empezó a inundar el espacio donde nos encontrábamos, no teníamos esperanza de salir vivos.Yo me arrodillé en la patera orando y me preguntaba si había llegado mi hora de morir. Pensaba que, tras tanto sufrimiento y lucha, después de todo iba a morir allí.
Al cabo de unas horas, la luz de Dios aclaró nuestro camino y apareció un gran barco que nos ayudó y rescató. Una vez en el barco, el capitán nos dijo que debía devolvernos a Marruecos. Parte de las personas de la patera se revelaron ante esta idea. Finalmente, ante la resistencia, el capitán llamó a la policía española y pidió permiso para atracar en Fuerteventura. Era el día 3 de octubre de 2023 cuando llegamos a tierra. Fue un día de alegría, un día para dar gloria a Dios.
Tras unos meses allí, me trasladaron a Sevilla. Aquí Caritas me acogió y me sentí muy agradecido porque no tenía un lugar donde dormir. Sentí que el poder estar con ellos era de nuevo un milagro de Dios en mi vida.
Con ellos he recuperado la alegría y la paz que pensé que había perdido. Siento al equipo como mi familia, son mi familia, me dan apoyo que necesito y junto a ellos sé que puedo conseguir lo que me proponga. Quiero agradecer a Carmen, por cada uno de esos momentos en los que me siento solo y triste y me ofrece compartir sobre sus espaldas mi pesar, gracias por sus consejos y amabilidad, me está ayudando a recuperarme. Tambien quiero dar las gracias a don Vicente, que se preocupa cada día por mí, sabe cuándo estoy triste y me ofrece su escucha. A Estíbaliz. A los voluntarios de Cáritas que ofrecen su tiempo y su cariño para ayudar a los inmigrantes. Que Dios los bendiga.
Vivo actualmente en un piso con otros cuatro compañeros, estoy estudiando la ESA y formándome en el sector de la hostelería. Mi sueño es obtener mis diplomas. Y poder ayudar a las personas que están pasando momentos difíciles. Es la única manera para mí de dar gracias a Dios por sus bendiciones en mi vida. Porque cuando estuve en los momentos más oscuros de mi vida, Dios me mostraba su luz.

