Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Me encuentro con Juani en los jardines de la parroquia de San Sebastián, en El Porvenir, a media mañana de un miércoles lluvioso y desabrido.
Llega a la hora convenida del brazo de Miriam, voluntaria del proyecto Lázaro, que ha pasado a recogerla un rato antes. Días atrás le habíamos preguntado si quería hablar con nosotros, hablarnos de «su camino» durante los nueve largos años de su vida en que ha sido una mujer sin hogar; ayudarnos a ponerle nombres y acontecimientos al tema de la campaña de las personas sin hogar, cuyo día vamos a conmemorar dentro de poco.
Juani tiene treinta y cinco años. Es menuda, delgada y de apariencia frágil. Camina lenta y dificultosamente, apoyando en el brazo de Miriam su cuerpo, sus dolores y los efectos de las pastillas, tantas que «necesita un pastillero para que no se le olviden». Porque este es hoy el principal problema de Juani, que «cada vez va peor de salud».
Mientras nos dirigimos a una sala de la parroquia, la animo a contarnos lo que quiera, a reservarse lo que quiera, a cortar y parar cuando ella diga. Y ahí arranca nuestra conversación, con natural timidez, con respuestas cortas y un hilillo de voz, temblorosa y quebrada, que acentúa aún más la impresión de fragilidad. Pero «Juani tiene mando y carácter ─apunta Miriam, dirigiéndose a ella─, aunque ahora esté un poco decaída».
Pronto nos irá descubriendo su mirada penetrante y directa, su sonrisa contenida y perspicaz, su sentido del humor y su temperamento. Es una chica simpática, aguda y locuaz, elocuente incluso al ilustrar su relato, que a veces es pausado, a veces reflexivo, a veces tierno, a veces mordaz, y a veces descentrado y disparatado. «Vamos a encauzar, vamos a encauzar», tercia Miriam de vez en cuando, supongo que presintiendo mi naufragio en el guion que llevo preparado y preocupada ante la posibilidad de que yo salga de allí con las manos vacías. Pero Juani me está hablando de su gato Pepito ─«mi hijo bilingüe», dice─ y del desencuentro a causa suya con el rumano Flavino, a quien en su momento colmó de ilusión cediéndole la responsabilidad de ponerle nombre, aunque a la postre no resultara y Juani se disculpe ahora por eso: «Cómo iba a llamarse Rocky ese gato, si Rocky es nombre de pitbull».
Juani arrastra una adicción al alcohol de la que se encuentra actualmente en tratamiento. Ni lo oculta ni hablamos mucho de eso, aunque intuyo que viene de largo, que se agudizó durante los años de la calle y que, aunque ha deteriorado su salud de forma importante y «le cae mal beber», como reconoce, ella no parece problematizar demasiado por este motivo, sino más prácticamente: «Flavino no bebe y no quiere que beba; mi cuñado no bebe y tampoco quiere que beba; y entonces yo no puedo beber», asume como a regañadientes. Y Miriam dice que eso le parece estupendo. Y Juani protesta: «Pero ellos se beben en café y tabaco lo que no beben de alcohol». Y entonces para y templa, porque recuerda que Flavino le dice «Ioaaani, con esa vocecilla que pone de caricato».
Sin embargo, y posiblemente por encima de todo, Juani también padece las secuelas incapacitantes de una grave caída accidental, que atraviesan todo su cuerpo y la mantienen desde entonces en un notable estado de dolor, de postración física, y de dificultad cognitiva y sensorial. «No me puedo dar la vuelta en la cama, no me puedo agachar, no puedo coger peso...». Y por todos estos motivos se encuentra bajo curatela de una fundación, que la acompaña en sus tratamientos, le administra su pequeña pensión y la ayuda a mantener su vida organizada. «Cuando se puede ─avisa Miriam─, porque Juani tan pronto pega la espantada». Y Juani le da la razón: «A mí me dicen Juani la de La Fuga, la película, no sé si usted la ha visto. Yo, cuando algo no me gusta, cojo y digo ¡Pum!». Y entonces Miriam ilustra en qué consiste el método de la paciencia, virtud probada, porque a Juani no le falta hoy gente que la quiera: «Yo se lo digo, pero ella es así y no podemos hacer más que respetarla, quererla como es y estar aquí cuando nos necesita».
Más que una entrevista, durante gran parte de nuestro encuentro, que dura más de una hora, lo que hago es asistir a un diálogo entre Juani y Miriam, convertido en algunos momentos, a ojos de este observador, en un tira y afloja divertido y entrañable. «Tú es que no te enteras de nada, Miriam», reprocha Juani ante algún matiz incorrecto de su interlocutora. «Será que seré tonta», reacciona Miriam. Y presiento entre ambas un tipo de relación de confianza, de cariño, de reconocimiento y de amistad.
Detalle a detalle, voy recomponiendo e imaginando su camino. Primero, su infancia y esa parte de su juventud ─seguramente difíciles también─ que transcurren en el piso de su abuela, en la barriada de León XIII, con su madre, con su padre, si su situación penitenciaria se lo permitía, y con su tío Antonio. Allí se crio, estudió hasta tercero de la ESO y empezó su andadura laboral: «Yo he trabajado en Polvillo, en un asador de pollos, asegurada, he cuidado a personas mayores, he cuidado a niños... Menos de pu ─dice abortando la palabrota, porque a Flavino tampoco le gusta que las diga─, yo he hecho de todo».
De aquellos años prevalece, sin embargo, el recuerdo violento y amargo de la pérdida de su familia ─su madre, su tío, su abuela─ y de su casa. Porque su vida se rompe cuando se queda sola y es desalojada del piso por otros familiares. «Me cambiaron la cerradura y me sacaron los muebles a la calle ─cuenta con amargura─. Yo volvía un día de Begoña y al ver los muebles pensé: "Hay que ver cómo es la gente, tirar los muebles a la calle". Y eran los míos». Y no le quedó nada. «¡Mentira! ─rectifica─. Una amiga me queda… y nos vemos algunas veces a escondidas».
«Empecé en la calle yo solita, con dos bolsas de Polvillo piojosas, buscándome mis cartones, buscándome las mantas, llamando al 112...». «Me iba a la Plaza Nueva, aunque he dormido en toda Sevilla, como hoja que mueve el viento». «He conocido a tanta gente que voy por la calle y me lo dice Flavino: "Tú te conoces a todo el mundo"».
«Al principio se pasa mucho miedo, aunque después te acostumbras, te rodeas...». «En la calle se duerme poco, siempre con un ojo abierto, menos cuando estás acompañada». «Me daba miedo que llegaran cuatro niñatos borrachos que quién sabe lo que te podían hacer».
Y Juani sigue hablando de las dificultades y los malos momentos de una mujer sola, enferma y desamparada. Nos habla de las terribles palizas recibidas a manos de su primera pareja, que «hasta durmiendo me despertaba a puñetazos». De los conflictos con los vecinos, «que nos echaban agua con una manguera». De más golpes, discusiones, peleas y trifulcas. De la limitación de los albergues, «que sólo te dan cinco días». O del «buscarse la vida para comer», porque «yo he comido también de la basura».
De entre todo, Juani rescata a las «personas buenas que ha encontrado», las que la han ayudado y la ayudan. Y habla de la fundación y de Cristina. Habla de esa vecina que llamó un día a la puerta con un táper de comida recién hecha. Del desconocido que les dejó aquella bolsa de ropa nueva, «con su etiqueta y todo, y hasta polos de marca que había» y descubría Flavino con entusiasmo. O habla del hermano de Flavino, los dos, antiguos conocidos de la calle.
Fue este, su cuñado, «un hombre ya mayor al que ves por la calle con un acordeón», quien la rescató de la intemperie, «hace año y pico», al encontrarla tirada en Los Naranjos. «Sentí una mano que me despertaba y que me decían “¿Qué haces aquí, Juani? Tú no puedes estar así. Estás muy finita. Tú necesitas comer, necesitas tus pastillas”». El hombre la levantó y se hizo cargo, la alimentó, la vistió y la acogió en esa casa «que había abierto hace tiempo por la Macarena», donde también se reencontró con Flavino, que se dedica a la chatarra.
Desde entonces, los tres comparten techo y ocupan esa casa. Y ya se habrá adivinado que Juani y Flavino entablaron al poco una relación de pareja. Y Juani cuenta que se siente bien con ellos, bien tratada, apreciada, querida, «en familia». «Flavino no me deja que cargue con las bolsas». «Un día me dijo: "Ven, mira, tu dinerito es tuyo, para tus cosas; y el mío es de los dos"». «A mí ninguna mujer me ha tratado como tú me tratas, nadie ha pasado tantas horas en el hospital conmigo». «Cuando me ve malita, él se pone más malo todavía».
Juani nos habla también de sus aficiones, de que le gusta leer y le gusta el teatro. «Y las excursiones. Yo me apunto a todas las excursiones». De su gusto por los muñecos, del goku que le trajo un día Flavino, de la leslie que le regaló «y le costó su buen dinero». «Aunque ese ─se queja el hombre un día─, ese no me gusta cómo me mira, tan feo, con ese dedo rojo y esas orejas de punta». Pero Juani, desdeñosa, defiende a su muñeco: «Venga, hombre, si el ET no tiene orejas. Y, además, más feo eres tú».
Y nos habla de sus aspiraciones y deseos, de lo que pide y espera: «Tener una vivienda y poder vivir tranquila». «Y excursiones».
A esta hora, hace ya rato que Miriam ha tenido que salir de la sala, requerida para otros asuntos en el ajetreo de una mañana de acogida del proyecto. «Llevamos ya camino de dos horas, Juani», le digo. «Yo prisa no tengo», me contesta. «Entonces…». Entonces vuelve Miriam, nos mira con cara de sorpresa y pregunta: «¿Todavía...?».
A la salida, contento por el rato, pensativo y preocupado también ante el encargo de un texto sobre algo tan difícil, me sorprendo de pronto riéndome, con el ET asomando en mi cabeza. Y ahí sigue todavía a la salida de esta pieza, días después, mirando interesado y expectante ─tan feo, con ese dedo rojo y esas orejas de punta─ cómo me esfuerzo inútilmente en arrancar un cierre de adecuada gravedad. Ojalá lo entiendan ustedes.

