Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Casi todos los días veo a Luis al salir de casa, le hablo y contesta con interés. Es sincero, amigable, incluso agradecido. Me doy cuenta de que está deseando conversar, sabe cuándo llego y cuándo me voy. Parece que está a lo suyo, abstraído, como ausente y, sin embargo, es capaz de recordar detalles del último encuentro, aunque haya sido breve.
Luis, en realidad, no es tan mayor. Lo parece por su rostro moreno y reseco, por su cuerpo delgado y su postura encorvada, pero no es un viejo. Si me lo imagino con ropa más conjuntada y menos gastada sería un vecino cualquiera, igual que todos los demás. Sin embargo, Luis no es igual que todos los demás, duerme en la calle, no tiene un lugar en el que pasar las noches, y sus días transcurren entre los portales de los edificios y sus andaduras hacia los supermercados de la droga.
Su historia es como la de muchas de las 715 personas sin hogar que hay en Sevilla, o la de las 320 que duermen en la calle. Son personas que pasan inadvertidas, quizá porque voluntariamente nos apartamos de ellas, quizá porque no tenemos tiempo para prestarles atención, pero llevan a cuestas una tragedia particular. Siempre es una historia triste, de abandono, todas han recibido golpes que no han podido superar o han caído en un hoyo del que no tienen fuerza suficiente para escapar.
Son las 9 de la noche, Ramón, mi compañero y amigo en el voluntariado de la parroquia, y yo seguimos el itinerario establecido buscando a Paco.
Paco es un buen hombre. Aunque ha padecido desde niño ciertas dificultades en el aprendizaje, pudo llevar una vida «normal» durante años. Se casó y tuvo hijos, pero su costumbre de beber le llevó a perder sus trabajos, su familia y su hogar. Ahora duerme en un parque y nos dice que va de acá para allá. A veces los vecinos le llevan comida. Lo que más necesita son zapatos -zapatos o botas-, porque camina, camina mucho.
Seguimos nuestra ruta y encontramos fácilmente a Antonio, que aparca coches siempre en las mismas calles. Aunque su interés es conseguir unas monedas, le gusta charlar, porque casi nadie le habla, sólo para reñirle o decirle que se vaya a otro lugar. Antonio hace tiempo que duerme en un banco. Perdió su documentación y no sabe qué hacer para recuperarla y conseguir ayuda. Nunca ha tenido una vida normal, casi no fue al colegio y la droga han sido su acompañante habitual en el camino de la vida, aunque ya se sabe que no es una buena amiga, porque la droga, al igual que el alcohol, promete mucho, no da nada y se queda con todo.
No es fácil a veces conciliar el sueño al volver a casa después de una ruta, sobre todo en las noches frías o lluviosas. Los pensamientos nos devuelven a los lugares que hemos visto y se repiten las mismas preguntas: ¿qué harán? ¿estarán guarecidos? ¿estarán bien?
El camino de salida de las personas sin hogar es largo y duro. La persona -destruida, devastada por las adicciones o las enfermedades- tiene ante sí una travesía mucho más tortuosa, sin fuerzas, sin esperanza, y el mañana se convierte en algo que no importa, que no vale la pena.
En los voluntarios aparece con frecuencia el desánimo para hacer frente a estos momentos, probablemente por la dificultad, por el esfuerzo estéril o por las decepciones constantes, pero quizá tengamos que recordar que el camino de la vida es un camino común, de todos, todos juntos transitamos por él. Es importante acercarse a las cunetas y mirar a la persona herida, montarla en la cabalgadura e intentar llevarla a un lugar de acogida. El precio que tendremos que pagar por acompañarlas se llama paciencia, tenacidad, diligencia y, por supuesto, amor al prójimo. Puede que la persona sin hogar tenga una presencia sucia, huela mal, hable mal o trate de engañarnos, pero no podemos pasar de largo, desviar nuestro camino y descartarla. Es necesario arriesgar. Seguro que nos asaltará el pensamiento de que no hay nada que hacer, que ellos mismos no aprovechan las oportunidades que se le dan. Sin embargo, no creo que eso deba detenernos. Ciertamente, el éxito no será inmediato, ni fácil, ni será cómodo para los que le ayuden, pero sí será el camino correcto. El camino que debemos seguir juntos con Luis, Antonio o Paco, será el camino de todos, nuestro Camino de Santiago.

