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Blog Al Encuentro • 24/10/24

La existencia invisible de las personas sin hogar

Molestan, inquietan, ensucian y afean el entorno.

Blog Al Encuentro • 24/10/24
La existencia invisible de las personas sin hogar

Molestan, inquietan, ensucian y afean el entorno.

Texto: Joaquín

La imagen que se enlaza [click aquí] refleja un instante de la existencia invisible de un hombre yacente, un homeless, al paso indiferente de quienes se dirigen apresuradamente a sus ocupaciones.

La fotografía es obra del fotoperiodista norteamericano Bruce Gilden y fue tomada en alguna avenida del corazón financiero de Tokio a finales de los años noventa del siglo pasado. El talento y la sensibilidad del autor, que ve lo que el resto de paseantes parece ignorar, revela su invisibilidad en un instante, tan certera y simbólicamente que, a estas alturas, es probable que haya conseguido trasladar nuestro imaginario al escenario más cercano y reciente de nuestro barrio o calle, cualquier día, ayer, hoy mismo.

Como gran artista visual, Bruce Gilden vio esta manifestación de la miseria humana; la estampó icónicamente para que la mayoria de nosotros, que ni somos fotógrafos ni artistas ni aguzados, también la viéramos; y ahí nos la dejó ─si me permiten un cierto tono de broma─, porque ahí sigue todavía. Ciertamente, la realidad extrema del sinhogarismo persiste descarnadamente normalizada y desatendida, material y simbólicamente invisibilizada, en el marco de los procesos de exclusión que se reproducen en nuestro ambiente sociocultural más inmediato. Y las personas sin hogar apenas si cuentan para nosotros como una parte más o menos inevitable del mobiliario urbano, cuando no es su presencia indeseable ─«perturbadora de nuestros goces», denunciaba el dominico Lacordaire hace doscientos años─ lo que centra nuestra atención, nuestro interés y nuestra protesta: molestan, inquietan, ensucian y afean el entorno.

Este domingo, 27 de octubre, celebramos un año más su día, el día de las personas sin hogar, y nos vamos a ocupar precisamente de esto: de su invisibilidad, de la necesidad de visibilizarlas. Porque, desde sus orígenes, por encima incluso de los objetivos específicos de cada edición, esta conmemoración llega atravesada por la finalidad permanente de la visibilización de la realidad de estas personas, que nutre de sentido todas nuestras acciones y todas las demandas de cambio, de cambios, que plantea: culturales, políticos, sociales, eclesiales, comunitarios y también personales. También personales, oiga: de usted, lector, lectora, míos, de cada uno de nosotros, porque todos estamos llamados a ver y también a vernos, y a no consentir que la responsabilidad de esta tragedia nuestra recaiga siempre en los otros y en otras instancias.

Verlas las vemos a veces, desde luego, aunque contribuir a su visibilización tendrá que ser algo más que verlas y hacer verlas para no tropezar con ellas.

Visibilizar a las personas sin hogar tendrá que ser re-visarlas, volver a verlas, cambiar nuestro enfoque, nuestra mirada, trasladarnos de la cosificación a la humanización, de manera que ni veamos ni queramos ver cosas en ellas. Efectivamente, son personas, son muchas y cada una tiene nombre, biografía, vocación, sentimientos, dolores, defectos, culpas, atenuantes, valores, sufrimientos, deseos y anhelos.

Pero tendrá que consistir también en re-cordarlas ─«del latín, re-cordis, volver a pasar por el corazón», escribía Eduardo Galeano─, permitir que la mirada nos afecte para no pasar de largo, trasladarnos de plano afectivo: de la indiferencia a la compasión.

Y tendrá que ser, en fin ─supongo─, re-conocerlas, es decir, penetrar en la profundidad y la complejidad del sinhogarismo: para entenderlo en sus consecuencias, en sus causas y en todas sus dimensiones, tanto personales como sociales; y para alentar los proyectos de cambio que nos está demandando y urgiendo.

Y hasta aquí, lector o lectora. O no.

Porque si es usted cristiano o cristiana, tendrá también que re-convertirse. Y aquí recordará que los cristianos hablamos a veces de que el encuentro con el mundo de la pobreza constituye un humus privilegiado de espiritualidad, de maduración en la fe, convertidor de lo más hondo de todos y cada uno de nosotros, purificador de nuestras motivaciones, transformador de nuestra vida, y de la vida de nuestros grupos y comunidades. Es eso a lo que nos referimos otras veces cuando afirmamos que el mundo de la pobreza es un lugar teológico, porque «se constituye en un lugar en el que Dios se nos revela, desde el cual nos habla y en el cual tenemos acceso a Él».

Complicado todo, la verdad. Y largo. Ni por dónde empezar.

Este domingo, 27 de octubre, Día de las personas sin hogar, es también para nuestras comunidades cristianas el domingo trigésimo de tiempo ordinario. Si por curiosidad se anticipa, observará que, para la misa, la liturgia de la Palabra nos reserva la lectura, que uno está tentado de considerar directamente providencial, de la curación de Bartimeo, el hijo de Timeo, el mendigo ciego y cosificado, orillado en el camino, que «irrumpe a gritos en el Evangelio» y a quien los discípulos reprenden por su molesta presencia. ¿Qué más necesitamos nosotros para empezar?

Pero si necesitamos más, entonces, siempre podemos aprender de Bartimeo, sin olvidar que, al fin y al cabo, «todos somos mendigos de Dios».

Aprender de Bartimeo, de su humildad y de su fe, y hacer nuestra su plegaria: «Maestro, que pueda ver».

«Maestro, que pueda ver». También, desde este mismo momento, a las personas sin hogar.

 

[Sobre la fuente de la fotografía
Homeless man sleeps in the streets while commuters pass by. Tokyo, 15/06/1999.
Autor: https://www.brucegilden.com/
Mostrada para su vista en: https://www.brucegilden.com/japan]

 

X Bruce Gilden / Work / Japan



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