Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
He soñado que un día todas las personas tienen un hogar y que nadie se nos queda atrás. Confieso que ese era uno de los temores recurrentes cada miércoles que me ponía en ruta a la caída de la tarde con el proyecto ‘Levántate y anda’ de la parroquia de San Vicente: olvidarme de alguno de los habituales, no identificar correctamente a los que habían llegado ese día o saltarme un zaguán, un soportal, un escaparate donde alguien estuviera durmiendo al raso por haber equivocado inconscientemente el camino.
Ahora sé que no he equivocado el camino, aunque algún día nuestros incondicionales se hayan movido más de la cuenta o se hayan retrasado en venir al Centro. No es que me haya abandonado esa prevención de las primeras veces ni que se haya convertido la ruta en rutina, algo que se hace de forma mecánica sin abrir bien los ojos. Nada de eso. Lo que he aprendido en todo este tiempo es que, por encima de la charla o del caldo o la manta con que los proveo, estamos más unidos de lo que pueda imaginarse. Incluso si no los saludo esa noche.
Con seguridad, no nos igualan las condiciones de vida. Cada vez que termino la ruta, devuelvo el carrito de la compra a su sitio y me peleo con la tableta digital para registrar los datos, tomo el camino de vuelta a casa, a salvo del frío en invierno y del calor en verano, bien abastecida la despensa, repleta de comodidades y entretenimientos para echar la noche mientras las personas sin hogar se quedan acurrucados entre los cartones que le sirven de cama, tal vez sin que nadie les vuelva a dirigir la palabra.
Entonces, ¿qué nos une?, ¿qué hay tan poderoso como para salvar las distancias que imponen la hacienda, la salud o el estilo de vida saltando por encima de lenguas, credos y costumbres?
Gracias a la campaña de Cáritas de este año he comprendido que son los sueños. Los míos y los de ellos, entrelazados cada noche de ruta. Que cualquiera -repito, cualquiera- puede verse desprovisto de hogar por mil azares de la vida, sin recursos para encontrar el ambiente acogedor que suele darse entre quienes comparten un mismo techo, eso que llamamos propiamente hogar. Pero que nadie deja de soñar.
Y no son sólo sueños materiales y hasta obvios como el de encontrar el dinero con que pagar la habitación en una pensión para la inmediata noche. O el de rehacer la vida, abandonar la calle y sentir que los demás lo vuelven a mirar con la dignidad que siempre ha tenido pero cuya percepción personal les había arrebatado la situación de exclusión social a la que se enfrentaban.
Me gusta pensar que cada vez que le tiendo la botellita de agua fresca o el vaso de caldo a cualquiera de las personas con que me cruzo de ruta estoy tejiendo con ellos una red de sueños compartidos. Nos asombraría comprobar lo intercambiables que son nuestros sueños, las esperanzas que compartimos más allá de las circunstancias personales y que, en última instancia, tienen que ver con amar y ser amados, verdadero motor de nuestra existencia.
Una red de sueños en la que coincidimos con la misma precisión con que se juntan nuestras miradas cada noche después de que yo haya recorrido la ruta sabiendo a dónde voy y a quién me voy a encontrar. Sueños bordados en el algodón de las nubes que pasan veloces amenazando lluvia, sueños tejidos con las agujas del reloj que marca campanudo las horas oficiales de la ciudad, sueños hilvanados con pespuntes largos de una vida que se va cosiendo a la propia, sueños zurcidos de tan gastados como están una noche tras otra pero con la suficiente capacidad de evocación como para encender la llama de la esperanza que nos alumbra por dentro a todos nosotros.
He soñado que un día todos tenemos un hogar al que ir. Es un sueño remendado, casi deshecho, que a cada rato se me rompe por cualquier esquina de la ruta, pero qué más da. Es mi sueño; el mismo de muchos. Y no voy a dejar de soñar por ello. Ni por ellos.

