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Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Blog Al Encuentro • 20/10/25

En el XXX Domingo del tiempo ordinario

Blog Al Encuentro • 20/10/25
En el XXX Domingo del tiempo ordinario

El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios de nuestros padres es así, siente especial predilección por los más desprotegidos, excluidos y desfavorecidos a lo largo de la historia de la humanidad. El pobre en este caso no es como pensamos muchos de nosotros, el que no tiene dinero, sino el que sabe que es pobre en virtud, porque no corresponde a lo que Dios quiere de él. Pero de nuevo este vacío no basta, sino que más bien se precisa: el pobre que sirve a Dios «consigue el favor del Señor».

Desde el comienzo, Lucas nos ofrece su clave de lectura. Según él, Jesús pronunció esta parábola pensando en esas personas que, convencidas de ser “justas”, como nos pasa a muchos de nosotros, dan por descontado que su vida agrada a Dios y nos pasamos los días condenando a los demás. Sería bueno recordar lo que el evangelio de Mateo en el capítulo siete, cuando Jesús nos exhorta en la parábola a la autoevaluación y a la humildad. La enseñanza de la viga, en el ojo ajeno nos invita a reflexionar sobre nuestras propias faltas antes de juzgar a los demás. Al aplicar este consejo sabio, logramos ser más comprensivos, empáticos y amables con aquellos que nos rodean, fortaleciendo así nuestras relaciones y promoviendo la armonía en nuestra familia, con los compañeros de trabajo, en nuestro ámbito de amistad y en nuestras comunidades parroquiales.

El comportamiento del publicano es de signo contrario y Jesús lo describe con evidente aprobación. Él también sube al templo, pero entra discretamente, se detiene a la distancia, se queda atrás, como si no quisiera profanar el lugar con su presencia, puesto que es consciente de la propia situación de pecado.

La conclusión de Jesús es revolucionaria. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia, como lo hizo también Dimas en la misma cruz en ese acto de contrición “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. El publicano vuelve a casa “trasformado, bendecido, justificado por Dios”. El fariseo, por el contrario, ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: “sin conocer la mirada compasiva de Dios.”

El auténtico enemigo del hombre hacia el que hay que dirigir nuestro rechazo y radical condena, no es solamente “el otro”, sino cada uno de nosotros, con nuestros egoísmo, intransigencia y agresividad.
No caben aquí el fanatismo y la presunción del fariseo de la parábola que sólo ve pecado en los demás. Todos somos pecadores, aunque sólo sea por nuestra inhibición, pasividad o indiferencia.

Terminemos con los renglones escritos para la homilía del año mil novecientos ochenta y nueve por José Antonio Pagola “Cuántas personas arrastran consigo el peso de una culpabilidad reprimida porque, al abandonar el sacramento de la confesión, no conocen ya la experiencia gozosa del perdón de Dios. ¿Por qué no recuperar esa alegría olvidada que puede pacificar nuestra vida y renovarla? ¿Por qué no detenerse y confesar humildemente como el publicano: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”?




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