Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Ayer nos despertamos con una noticia que duele: dos jóvenes están siendo investigados por mofarse y humillar a una persona sin hogar en un pueblo de nuestra diócesis. Lo escuchaba en la radio cuando venía de camino al trabajo. Llegué y me puse con mi tarea, a preparar las reuniones, contestar correos… Pasada media mañana, recibí un mensaje de un compañero con el enlace de la noticia donde salía el vídeo.
Me dispongo a verlo. Se observa a una persona de espaldas, pelo enmarañado, algo largo, y cómo esos dos chavales se lo están quemando con un mechero. La silueta, la forma de estar, el silencio, la falta de reacción, me resultan tremendamente familiares. Pienso en una persona que residió en el Centro Amigo durante años. No es él, no puede serlo. Vive en una residencia y la semana pasada dos compañeras estuvieron visitándolo, lo encontraron cuidado y contento. Durante un momento, hasta que me doy cuenta de que no puede ser él, se me hace un nudo en la garganta.
El ejercicio de la violencia que se hace con esta persona implica un paso más en la deshumanización de quienes viven en situación de sin hogar. Nos molestan en las calles y elaboramos arquitecturas que excluyen, a través de elementos que persuaden por incomodidad del estar en la ciudad, en sus bancos y en sus soportales. Nos molestan en los barrios y nos movilizamos para rechazar la apertura de espacios de acogida. No tienen derechos, ni al descanso, ni a la paz, ni a la protección social, porque, sencillamente no los consideramos iguales. Y, cuando alguien no es igual, parece que todo está permitido, incluso la violencia.
Este hecho no es aislado. Es el reflejo de una sociedad que, en ocasiones, normaliza la indiferencia y permite que la humillación se convierta en espectáculo. ¿Qué nos está pasando como comunidad? ¿Cómo alguien puede llegar a justificar que otro pueda ser tratado como si no tuviera dignidad?
Pienso en lo que escribí antes: “llegué y me puse con mi tarea”. También eso puede ser un ejercicio de deshumanización. Mientras organizaba reuniones y respondía correos, alguien estaba siendo humillado. No lo sabía, claro, pero la sensación de seguir con lo mío me golpea. ¿Cuántas veces, sin darnos cuenta, dejamos que la urgencia de nuestras agendas nos aleje del dolor real que ocurre a nuestro alrededor?
Pienso en la vida de las personas que acompañamos, cuántas veces habrán sido vejadas, insultadas y humilladas. Pienso en Cristo, en cómo repetimos muchas veces el “ver el rostro de Dios en los pobres”. El carácter pasionista del sinhogarismo es una cuestión que debemos introducir en nuestra reflexión. Cristo está en las personas que acompañamos en tanto en cuanto Cristo fue vejado, insultado y humillado.
No, no conozco a la persona que sale en la noticia, pero encarna la historia de otras personas que he conocido a lo largo de los años. No podemos caer en la deshumanización. Es necesario que esto nos siga doliendo, porque esa persona tiene el valor añadido de sufrir los estigmas propios de una situación de injusticia.
Que no se nos endurezca el corazón. Que no dejemos de mirar. Que no dejemos de actuar. Porque cada gesto de violencia contra una persona sin hogar es un golpe contra nuestra humanidad.

