Al encuentro
Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
María José, sevillana de 55 años, ha renunciado muchas veces a su trabajo. Cada renuncia tuvo el mismo motivo: cuidar. Hoy, tras años fuera del mercado laboral y solo ocho cotizados, ha encontrado en el Centro Diocesano de Empleo un camino para volver a empezar.
María José tuvo su primer trabajo como auxiliar administrativa en una empresa. Al cabo de unos años, cambió de empleo y entró a trabajar en el servicio de limpieza de unos grandes almacenes, de 6 a 9 de la mañana. El horario chocó de frente con la llegada de su primer hijo. No tenían recursos para contratar a alguien que lo cuidara y “uno de los dos tenía que dejar el trabajo —cuenta— mi horario era incompatible y yo ganaba menos”. Así que renunció.
Cuando el pequeño entró en la guardería, volvió a trabajar, esta vez, estando al cuidado de personas mayores, “era lo único que encontré que me permitía conciliar”. Con el segundo embarazo volvió a tomar la misma decisión: dejar de trabajar para cuidar. No se reincorporó hasta que su hija empezó también la guardería.
Pasaron unos años y un problema grave de salud en la familia la llevó a dejarlo por tercera vez. Cinco años más dedicada al cuidado del hogar. “Gracias a Dios todo salió bien”, así que, cuando por fin pasó el bache, María José quiso de nuevo buscar un trabajo, pero al mirar su vida laboral se preguntaba quién la iba a contratar así: tenía 55 años, solo ocho cotizados y no se le abría ninguna puerta.
Sin embargo, un día un amigo le habló del Centro Diocesano de Empleo. “Entré sin saber ni hacer un currículum”. María José cuenta emocionada que cuando contó su historia le dieron justo lo que necesitaba: “Me dieron un abrazo y me dijeron: “Estamos aquí para ayudarte”.”
Tras la acogida llegó el acompañamiento: orientación, elaboración del CV, y formación. De los talleres que se imparten en el centro, María José se encuentra cursando ahora el de Cuidado en el domicilio junto a otras 14 personas de las que solo dos son hombres. “Es una profesión tremendamente feminizada —dice—, y estamos personas de todas las nacionalidades”. Está contenta porque está “profesionalizando aquello a lo que me he dedicado durante años”.
Cuando le preguntamos dónde reside en este momento su esperanza contesta ilusionada: “Me siento viva porque tengo la esperanza de encontrar un trabajo, tener mi sueldo, compartirlo y sentirme parte del mundo.”
En casa, su marido y sus hijos, que estudian Ingeniería y Bachillerato la empujan hacia delante: “Mamá, vas a poder. Todo va a salir bien.”
La trayectoria de María José no es una excepción: cuando cuidar se paga con renuncias, la suma de horarios imposibles, economía sumergida y años sin cotizar termina empujando a muchas mujeres fuera del mercado laboral. La acogida, la formación y el acompañamiento son capaces de devolver los derechos, el tiempo y el futuro. Volver a empezar a los 55 es posible si nadie camina sola.

