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Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Blog Al Encuentro • 23/10/26

“Con un ‘muy a gusto’ me siento como si hubiera cambiado el mundo”

Sonia, trabajadora en Centro Amigo, comparte con nosotros su experiencia.

Blog Al Encuentro • 23/10/26
“Con un ‘muy a gusto’ me siento como si hubiera cambiado el mundo”

Sonia, trabajadora en Centro Amigo, comparte con nosotros su experiencia.

Javier Rubio
Voluntario del Proyecto Levántate y Anda para personas sin hogar

 

Dos años y medio de auxiliar cuidadora en el Centro Amigo de Cáritas. Trabaja de 8 a 15 o de 17 a 22 horas, alternando cada semana. Sufre el problema de aparcamientos de Triana, a donde se desplaza desde Mairena del Alcor, donde vive. Estas son sus impresiones:

“La mirada es lo más importante porque tú ves que te están diciendo algo con la mirada, pero no son capaces de decirlo con palabras. Cuando ya se abren, te hablan, empiezan a mirarte a los ojos, pero es una mirada triste. Antes ni miraban a la cara, no se sentían a gusto, no estaban bien expresando lo que sienten y llevan dentro. Poco a poco se atreven a expresarte agradecimiento con la mirada y la sonrisa. Uno de ellos tenía problemas de salud que no quería decir hasta que empiezan a explicarse, a sentir un vínculo; la confianza se va ganando y ellos después lo agradecen.”

“Recuerdo el caso de alguien que no hablaba y estaba siempre en la habitación. A todo se negaba moviendo la cabeza, pero desde que empezamos con el cuidado, a interactuar desde el cariño, a estar con él y a acompañarlo en su higiene y en el comedor, por ejemplo, todos sienten que tienen una persona al lado para lo que necesiten. Poquito a poco se dejaba llevar al paseo, al comedor, le costaba trabajo pero lo iba aceptando. Cuando estaba en la calle, sentía mucha tristeza de estar solo, de no tener a nadie alrededor. Así se había pasado cinco o seis años, por lo menos, aunque rehusaba hablar de aquello”.

“Otro caso mostraba un avanzado deterioro cognitivo cuando llegó al Centro Amigo. Mi compañera y yo nos ocupamos de los dependientes, que necesitan ayuda para la higiene o la comida. El hombre del que hablo llegó con unas barbas, unos pelos… era la viva imagen de la dejadez. Cuando lo aseamos, era otro distinto. Porque por vez primera se sentía respaldado, fíjate”.

“El acompañamiento a las personas de Centro Amigo es supergratificante. Es una labor brutal en el día a día. Para nosotras, nos da la vida. A mí me encanta estar con ellos, es una labor que hacemos con gusto. Mi trabajo me gusta muchísimo.”

«Muchas veces pienso dónde estarían nuestros acogidos si no tuvieran estos cuidados, qué hubiera sido de sus vidas. Y pensarlo me entristece»

“Cualquier cosa, aunque sea pequeñita que les pase, lo sufrimos. Los siento tanto y los cuido tanto, y veo su evolución… Qué le vamos a hacer, me lo llevo a casa, a ellos se les coge mucho cariño, me cuesta separar el trabajo y la vida, eso es lo más gratificante y a la vez, lo más triste. Muchas veces pienso dónde estarían nuestros acogidos si no tuvieran estos cuidados, qué hubiera sido de sus vidas. Y pensarlo me entristece.”

“Me quedo con que vengan conmigo y nos pongamos a charlar. Poquito a poco empiezan a contarte sus vivencias y te miran a los ojos. Por fin sonríen. Les preguntas ‘¿estás a gusto?’ y cuando me contestan ‘muy a gusto’, con eso me quedo satisfecha, como si hubiera cambiado el mundo”.

“Muchas veces piden un analgésico y yo trato de que me digan la dolencia, que examinen si el dolor de cabeza es fruto de una mala noche, a lo mejor lo que necesitan es charlar un poquito más que una pastilla. Me dicen ‘Sonia, ¿nunca me vas a decir que sí a la primera?’. Pero les viene bien la charla”.

“En el comedor me dicen: ‘Lo bien que comemos aquí con el hambre que hemos pasado en la calle. Somos unos privilegiados, con los cuidados y la cocina que tenemos aquí’. Dan las gracias y lo valoran a su manera, pero está bien”.

“Trabajé de auxiliar en una clínica dental, pero aquello no me llenaba como yo quería. A mí, por mi carácter, me gusta mucho que me hablen y claro, allí los pacientes… salen con la boca cerrada. Entonces empecé a enfocarme con personas que necesitaran mis cuidados y comencé a trabajar en una residencia de ancianos. Con los abuelos era genial, era un trabajo diferente, por fin podía aportar, pero mentalmente no era del todo satisfactorio, yo apoyaba para que ellos avanzaran pero…”

 «Aquí no me pesa el trabajo porque es muy gratificante, el día a día me encanta, aunque es muy exigente en lo emocional»

 “Aquí no me pesa el trabajo porque es muy gratificante, el día a día me encanta. Es muy exigente en lo emocional, me he ido llorando muchas veces y nosotras también necesitamos ayuda. Me lo dijeron: ‘Este trabajo te va a gustar, pero vas a sufrir mucho’. ‘¿Te lo has pensado bien?’, me preguntaba mi familia, porque yo llegaba a casa llorando más veces que riendo. Mis hijas me decían que, con la edad, me estaba equivocando de profesión, jaja. Pero ya no me lo dicen, porque me ven de otra manera. Ahora se alegran cada día por mí porque voy feliz a mi trabajo”.

“No se me va a olvidar el día que tuvimos que darle a uno de los acogidos la noticia de que había fallecido su madre, con la que había perdido el vínculo. Me miró cuando se lo contamos y dos lagrimones le surcaron la cara. Si él lloraba, más lloraba yo. Fue duro para él aunque no quisiera hablar”.

“Se me viene a la mente otro caso, menos mal que me pilló de vacaciones. Tenía una demencia senil y cuando salió del centro para ir a una residencia de mayores me dejó dicho: ‘Gracias porque fuiste la persona que me acogiste y me ayudaste cuando llegué. Gracias por acordarte siempre de mí y por cuidarme como me has cuidado’. Todo ese agradecimiento lo había escrito para que me llegara a mí. Procuramos no perder el vínculo con los que ya han salido, los seguimos teniendo muy presentes aunque ya no estén”.

“Trabajamos muy coordinados, mediante correos electrónicos y con la médico, también con el teléfono. Cada uno sabe cuál es su función para que todo fluya.”   




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