Al encuentro

Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social

Esenciales, pero invisibles


A muchos nos ha pasado en algún momento de nuestra vida que hemos perdido -o nos han robado- la cartera... Lo que más molesta no es perder el dinero que hay en ella, ni siquiera los recuerdos familiares que guardamos con cariño, sino el hecho de quedarnos por unos días sin documentación. Esos días, hasta que vamos renovando el DNI, el carnet de conducir o las tarjetas de crédito, nos sentimos impotentes: no somos nada, nadie nos reconoce. Ni aunque seamos clientes habituales de bancos a los que acudimos siempre: si no puedo demostrar quién soy con mi identificación, no puedo hacer nada. Y nos da rabia, se nos hace absurdo que no podamos hacer nada durante unos días.

Una situación remotamente parecida viven cientos de miles de personas, procedentes de otros países, que ven cómo, durante años, se les deniega el acceso a derechos básicos por el simple hecho de no tener una documentación que acredite quiénes son.

Es el caso de Mohamed, que estuvo en un centro de menores, pero que el día que cumplió los dieciocho años no pudo arreglar su documentación y se vio en la calle, porque, a partir de esa edad, los centros no pueden hacerse cargo de él. De la noche al día, literalmente, tuvo que empezar a vagar como un adulto en busca de una vida que ha perdido así, como por arte de magia. Un día es un chico, estudiante, con compañeros, con un entorno familiar, y al día siguiente se ve expuesto a la realidad de la calle sin futuro, sin empleo, sin nada más, solo pendiente de que alguna institución, como muchas veces están siendo Cáritas y otras entidades, pueda ofrecerle un espacio donde continuar su proceso de integración.

O el caso de Mamadou, que durante dieciocho meses tuvo la autorización para trabajar y pudo hacerlo gracias a la solicitud de protección internacional que le habilitaba para ello. Pero que, una vez denegada dicha solicitud, se vio también, de la noche al día, literalmente, sin trabajo y, en muchos casos, debiendo dejar la vivienda que tenía, porque, al perder su "tarjeta roja", perdía también su trabajo y las ayudas que le permitían mantener su vivienda, volviendo al punto de partida, como cuando llegó por primera vez a España.

O quizás como el de Abdelkader, que lleva dos años intentando sobrevivir en España porque, al no poder entrar en España por las llamadas "vías legales", se ve obligado a subsistir de empleos precarios, bajo condiciones de explotación tales que hasta el mismo relator de la Naciones Unidas ha venido a tachar "como de otro siglo": en asentamientos chabolistas, vendiendo pañuelos en un semáforo, ayudando a cargar y descargar en los mercadillos, aparcando coches... Lo peor es que sabe que, legalmente, hasta que no cumpla los tres años en España, no podrá ni siquiera empezar a buscar trabajo en una empresa, porque la ley no se lo permite. Ni siquiera en el caso de que una empresaria, como ha sido el caso, quiera contratarlo: no puede, porque debe esperar a estar tres años aquí.

Son innumerables las situaciones de las quinientas mil personas que, según las estimaciones, viven en nuestro país en situación administrativa irregular, bien porque no han podido acceder nunca a su permiso de trabajo y residencia, bien porque lo tuvieron y lo perdieron por falta de trabajo. Cada una de estas realidades, cuando las compartimos o las vivimos de cerca desde Proyecto Nazaret con las personas migrantes, nos permiten empatizar con la impotencia ante el absurdo que suponen en el día a día. ¿De verdad alguien cree posible, en la situación de nuestro mercado laboral, que alguien pueda pasar a tener un contrato a tiempo completo durante un año de repente? ¿No son suficientes los esfuerzos de integración que cada día demuestran miles de personas para decir que son vecinos y vecinas nuestras, que solo piden ser reconocidos como ciudadanos, en igualdad de oportunidades?

Nos recordaba Yacouba, uno de los chicos del proyecto, que lo peor no es la valla de Melilla que un día tuvo que saltar porque no tenía otra opción para escapar de la situación de conflicto de su país, ni el mar bravío del Estrecho que deja de ser puente de unión entre continentes y se convierte en muro líquido de separación. Lo peor son las vallas y los muros cotidianos que lo dejan al margen de la sociedad en la que vive, la cantidad de impedimentos legales que podrían hacerlo sentir como persona, pero que día tras día lo ningunea y le hace vivir una sensación de fracaso.

Por todos ellos y ellas, desde el mes de febrero se ha puesto en marcha una campaña nacional, apoyada por más de seiscientas organizaciones que trabajan en el día a día con las personas migrantes, con el objetivo de recoger quinientas mil firmas con que quiere presentar una iniciativa legislativa popular que obligue al Congreso de los Diputados a legislar sobre este absurdo y poder llevar a cabo una regularización excepcional que haga pasar a estas personas, de la marginalidad a la que la indocumentación les somete, al reconocimiento de personas, como todos los que habitan nuestro país.

No es la primera vez. Y las otras veces que se ha hecho siempre ha resultado positivo, porque ha permitido reconocer que los únicos que perdemos manteniendo a personas de forma irregular somos el resto de personas que convivimos con ellas. Porque dar documentación, además de beneficios personales, ayuda económica y fiscalmente al estado que los reconoce. Porque aumenta la autoestima y eso ayuda a buscar salidas en los marcos legales para desarrollar proyectos migratorios truncados por la ausencia de ese papel. Con el proceso de regularización todos y todas ganamos. Sin ella, seguimos perdiendo oportunidades.

Es el momento. Es la forma de contribuir a formar ese Nosotros más grande al que nos invita el papa Francisco. Ese nosotros que rompe con la cultura del descarte y nos abre a la cultura del encuentro.

Una firma, esa que te permite a ti firmar, al tener documentación, darle a otro la posibilidad de ser reconocido. Si aún no lo has hecho o si conoces personas que aún no han firmado, es el momento. Tu firma no resuelve sus vidas, pero las pone en el camino para salir de la marginalidad para pasar a formar parte de esta fraternidad que cada día vamos construyendo. 

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