Viernes, 30 Diciembre 2016 10:06

Escuela de Otoño: 20 años formando comunidad

[Joaquín Cano, publicado en Boletín informativo, 79] El pasado 6 de noviembre se clausuró una nueva edición de la Escuela de Otoño de Cáritas Diocesana, celebrada una vez más con un extraordinario éxito de participación. Con su clausura se redondeaba el ciclo simbólico de las veinte ediciones, apenas interrumpido una vez, en 1998, por su coincidencia con el Congreso Diocesano de Caridad y Pobreza, cuya organización, por cierto, reflejaba tan precisamente el dinamismo pastoral de la diócesis en los comienzos de la Escuela.

La Escuela de Otoño nacía, efectivamente, en 1996. Su organización -y es bueno recordarlo- fue impulsada por un grupo de gente entusiasta, formada y comprometida -Felipe, Germán, Paco, Pili, Ana y Ana, Manoli y Manoli, José Antonio, Isabel, Eva, Juan Carlos, Concha-, cuyas intuiciones sobre la formación como "proceso de transformación" se volcaban ya de forma nítida en el llamado por aquella fecha "equipo de formación de Cáritas Diocesana".

Se vivía entonces, en muchos sentidos, un ambiente de cambio social y de actualización eclesial. Por un lado, la sociedad española se abría a la emergencia de nuevas realidades sociales que obligaban a reformular las visiones sobre la pobreza, tanto como los métodos de la sociedad civil y de la acción social: dualización, umbrales, precariedad, nuevas pobrezas, pobres vergonzantes, exclusión, inmigración, ciudadanía, participación… Eran palabras y hechos frente a los que ya no servían de forma clara las "viejas" concepciones fuertes de la "militancia", ni mucho menos las viejas lógicas asistencialistas que todavía persistían y configuraban, como con cierta naturalidad incluso, gran parte de nuestras prácticas. Y asi se iban afinando nuevas visiones sobre el voluntariado como "agente de transformación", decíamos; o sobre la acción y el trabajo social como métodos de "inclusión e incorporación social".

La Iglesia española lo vivía, además, con su proceso y su ritmo propios de actualización. En el plano pastoral, los documentos episcopales La Iglesia y los Pobres, centrado en el análisis y la lectura creyente de la realidad social, y La Caridad en la vida de la Iglesia, con su carácter más programático, ejercieron una importantísima función de empuje de la pastoral de la Caridad. En el ámbito institucional, este empuje se tradujo en una "reflexión sobre la identidad de Cáritas",  plasmada en 1998, como un don de Dios, en ese documento que tanto ha servido, por su hondura teológica y la claridad de su relato, al desarrollo de Cáritas.

También nuestra Cáritas pisaba, lógicamente, el umbral de un cambio -no siempre vivido sin tensión; casi nunca vivido sin tensión, en realidad-, que era percibido cada día como más necesario e imperioso: la caridad era ahora "social", pero también "política"; la relación de ayuda se anunciaba, de forma novedosa, como un proceso de "acogida y acompañamiento"; la acción de Cáritas, como un "proceso comunitario compartido"; la presencia social, como una invitación al profetismo y a la salida despreocupada "desde el cenáculo"; la formación de los agentes de la institución, como una "pedagogía de la acción y de la vida"; la experiencia de servicio, como un "lugar teológico" y una llamada a la hondura espiritual; la percepción de la función del clero se planteaba en términos de exigencia de responsabilidad y acompañamiento pastoral; la función organizativa de los "burócratas" de Cáritas Diocesana, en términos de exigencia de participación, de servicio y de reconocimiento a las comunidades parroquiales... Y todo se nos servía envuelto en una necesidad permanente de reafirmación de la identidad eclesial.

Por si fuera poco, jóvenes como éramos, nos apuntábamos también a las prisas de la renovación generacional, "con todos esos equipos formados por gente tan mayor", observábamos, sin enterarnos de que su verdadero problema era que se encontraba sola. Y también a las del desarrollo territorial, apenas realizado en el dinamismo de la vicaría Sevilla 2, y en unos pocos focos arciprestales y parroquiales que sobrevivían aislados en las demás vicarías.

Y todo discurría, en fin, por la debilidad estructural de la institución, que carecía casi por completo de ámbitos y ambientes vivos, organizativos pero también culturales, de comunicación y encuentro, de reflexión y formación.

En ese contexto, con esos contornos tan díficiles de reconocer en nuestra realidad actual, creo firmemente que la Escuela de Otoño aportó una verdadera metodología de cambio, en la que se han formado no pocos de los embriones del avance y la transformación de la institución.

Por una parte, formando a la gente en las enseñanzas sabias de las decenas de obispos, teólogos, técnicos, músicos y poetas que han contribuido durante dos décadas a sus contenidos, desde luego que sí y gracias a ellos. Pero también, y mucho más allá, sirviendo como una experiencia radicalmente crítica de encuentro, en la que se han volcado en cada momento los anhelos y las aspiraciones de nuestro voluntariado. Formando a la gente, sobre todo y en el fondo, mediante el encuentro afectuoso y fructífero de unos con otros, de experiencias de vida y de acción; fortaleciendo el sentimiento de comunidad, de trabajo y de proyecto compartido; alentando la capacidad de liderar procesos en las parroquias, en los arciprestazgos y en las vicarías entre gente sencilla, servicial, valiente y confiada; celebrando la fe de la Iglesia como una experiencia viva, esperanzada y alegre… Ofreciendo contundentemente una pequeña gran demostración de cómo la gente se forma en lo que escucha, pero también de cómo se forma, tan decisivamente o más, porque se transforma, en lo que va viviendo.

Hoy escribimos en los folletos que la Escuela de Otoño constituye uno de los ámbitos comunitarios de mayor significación y reconocimiento por parte de nuestro voluntariado. Así ha sido, en realidad, desde su primer día. Desde aquellos participantes y los contados organizadores de las primeras ediciones, que las levantaban al peso, y encontraban de forma milagrosa los once retroproyectores necesarios, y actuaban y se cansaban de actuar como francotiradores de intuiciones certeras, hasta la inmensa experiencia de formación que hoy representa, con el respaldo y el orgullo institucional e incluso diocesano, con la masiva participación de voluntarios que agotan las plazas disponibles, con su diversidad, su creatividad y su dinamismo, con el compromiso y el celo de los organizadores, con su organización perfectamente madura, la Escuela ha sido siempre bien reconocida por el voluntariado. Esa es la clave de su fortaleza; y, por eso, en ella, todo el mundo ha sido siempre necesario, sin que nadie haya sido nunca imprescindible. 

"La Escuela sale sola", decía a veces Felipe, ante la perplejidad de los que en ese momento estaban cargando columnas de diez sillas. Pero era verdad. Sale sola. De la necesidad y del reconocimiento.

En cierta ocasión, un sábado por la noche, ya muy tarde, llegó una voluntaria con su maleta desde un pueblo de la vicaría Este, a muchos kilómetros de Lantana. "Pero si ya te has perdido casi todo, Carmen", le dije. "No importa -me respondió-, si yo sólo vengo a echar un ratito con los compañeros y a la misa de mañana". Eso era y es la Escuela, exactamente.

Por eso, ahora, a veinte años vista y en la perspectiva de la próximos veinte -ya hablaremos de ellos otro día-, quizás se entienda mejor la profundidad de aquel viejo lema, impreso en las carpetas de cartulina que, por un fatal e irreparable error de ceros en el número de unidades encargadas, acompañaron repetidamente a los participantes de las primeras ediciones. "Formando comunidad", rezaban las carpetas un año y otro año y otro año. Y tantos. Porque se renovaron las carpetas, pero lo hemos seguido rezando desde entonces en la verdad de los hechos. Y allí con el Espíritu Santo, supongo, también cumpliendo calladamente su tarea.
 

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