La dura vida de los iraquíes en el Kurdistán

[Crónica de Rachel Felgines para Caritas Internationalis / Traducción caritas-sevilla.org] Zakho, en el norte del Kurdistán, está enclavada en un entorno verde, rodeada de montañas que todavía pemanecen cubiertas de nieve. En la ciudad, a pleno sol, bajo un profundo cielo azul, se divisan pequeñas casas de colores: azules, verdes y rosas. Quién sabe qué tipo de escenas se viven hoy en estas montañas, tranquilas sólo en apariencia, que protegen lo que se ha convertido en el refugio de miles de familias que han huido de la violencia y las masacres perpetradas en Irak desde el pasado verano.


[Crónica de Rachel Felgines para Caritas Internationalis / Traducción caritas-sevilla.org] Zakho, en el norte del Kurdistán, está enclavada en un entorno verde, rodeada de montañas que todavía pemanecen cubiertas de nieve. En la ciudad, a pleno sol, bajo un profundo cielo azul, se divisan pequeñas casas de colores: azules, verdes y rosas. Quién sabe qué tipo de escenas se viven hoy en estas montañas, tranquilas sólo en apariencia, que protegen lo que se ha convertido en el refugio de miles de familias que han huido de la violencia y las masacres perpetradas en Irak desde el pasado verano.


Estoy en camino con el equipo de Caritas Irak. Nos detenemos en tierra de nadie frente a un edificio del que sólo se han completado los cimientos y el nivel del suelo. Éste es el refugio en el que viven -o más bien se hacinan y malviven- alrededor de 100 familias yazidíes, comunidad perseguida y masacrada por el Estado Islámico. La mayoría vive en lo que quizás un día pueda ser el garaje de este edificio, ocultos bajo tierra, entre trozos de madera, tela, plexiglás y cartón que definen improvisadamente unas habitaciones que las separan a unas de otros, procuran una cierta apariencia de privacidad en unos pocos metros cuadrados. Unas bombillas cuelgan a lo largo del inmenso pasillo, tratando en vano de iluminar la oscuridad reinante. Pero, de hecho, son un signo de progreso, porque hace unos meses ni siquiera había electricidad y permanecían sumergidos, confinados en los muros helados de hormigón, en una total oscuridad.

Cáritas conoció el deplorable estado de estas familias, que vivían en un estado total de indigencia, hace pocas semanas y vino a reunirse con ellas. Cuando los miembros del equipo llegaron al improvisado campamento, sus pobladores ni siquiera les hicieron caso. Para entonces, varias organizaciones habían pasado ya por allí, preguntando y prometiendo ayuda, pero nunca regresaron. Estas familias abandonadas no tienen ya confianza en que alguien les ayude, sólo confían en ellos mismos.

Cáritas contactó con ellas, realizó informes de su situación, y prometió volver y llevarles ayuda. Y es hoy cuando el equipo vuelve para distribuir una amplia entrega de productos y kits de higiene (jabón, pasta de dientes, detergente, toallas sanitarias, champú...) A la hora programada los hombres salen de sus refugios y llegan al punto de distribución situado a sólo unos metros de distancia. Allí guardan cola con la tarjeta de registro en la mano y reciben la entrega de unas productos que son indispensables para sus familias, algunas de las cuales están compuestas hasta por 15 niños.

Durante la entrega se me acercan dos mujeres. Ellas no han recibido ninguna ayuda y están tratando de conseguir algo. ¿Nos hemos olvidado de ellas? No. Ellas no fueron registradas; no viven en este espacio, sino en otro pueblo. El equipo promete visitar ese otro campamento donde ellas viven para evaluar las necesidades de la gente de allí.

En el Kurdistán, muchas familias desplazadas viven dispersas y muy lejos unas de otras muchas veces. Con frecuencia no saben cómo recibir ayuda. Para ayudarlas, Cáritas se sirve de la coordinación sobre el terreno, de los informes de otras organizaciones humanitarias e incluso del "boca a boca". Si bien algunos campamentos están muy bien organizados por el gobierno kurdo, el número de campamentos está lejos de ser suficiente para acoger a todos. La gente a menudo no tienen otra opción que vivir en edificios en construcción, y muchas otras familias, en todo caso, prefieren establecerse cerca de pueblos o vivir cerca de su propia comunidad, en busca de seguridad y una apariencia de libertad.

Cáritas ha decidido ayudar a las familias aisladas, hasta la frontera con Siria, en lugares remotos en los que nadie es consciente de las necesidades de los desplazados y a los que no llega casi ningún organismo.

¿Qué futuro prevén los desplazados, después de todos estos meses pasados ​​en condiciones físicas y psicológicas miserables y dolorosas? Entre los cristianos, son muy pocos los que prevén o quieren volver a casa. La única vía de salvación que contemplan es la del exilio. Los yazidíes, sin embargo, tiene más esperanza en el retorno, aunque sólo si se garantiza su seguridad, y obviamente tienen dudas sobre esto.

Al salir del Kurdistán me pregunto si todas las familias desplazadas que he conocido durante esta misión -en Erbil, Duhok, Zajo- seguirán ahí durante la próxima misión. Espero que no. Sin embargo, somos conscientes del riesgo de que se queden atrapadas allí, sin poder regresar a sus tierras ni ir a otro lugar. Una vida paralizada y desesperanzada en las hermosas montañas del Kurdistán.

 

       

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