Renato Seifert: "Espero, sobre todo, que puedan regresar un día a su casa"

[Renato Seifert, de Cáritas Croacia, en Vukovar] "Empecé a trabajar aquí en el 15 de septiembre, cuando Hungría cerró la frontera con Croacia. Ya había colaborado el año pasado durante las inundaciones y quería ayudar de nuevo a la gente.

El primer día de trabajo pasamos la noche en el almacén. Permanecimos prácticamente tres días despiertos, sin tiempo para dormir, en planta todo el día a base de cafeína para poder seguir adelante. Tuvimos que planificar a contrarreloj la logística de distribución de alimentos, ropa y mantas, con muchísima gente que iba llegando en muy poco tiempo. Los primeros días fueron caóticos. Ahora el campo está muy organizado y bien establecido.


[Renato Seifert, de Cáritas Croacia, en Vukovar] "Empecé a trabajar aquí en el 15 de septiembre, cuando Hungría cerró la frontera con Croacia. Ya había colaborado el año pasado durante las inundaciones y quería ayudar de nuevo a la gente.

El primer día de trabajo pasamos la noche en el almacén. Permanecimos prácticamente tres días despiertos, sin tiempo para dormir, en planta todo el día a base de cafeína para poder seguir adelante. Tuvimos que planificar a contrarreloj la logística de distribución de alimentos, ropa y mantas, con muchísima gente que iba llegando en muy poco tiempo. Los primeros días fueron caóticos. Ahora el campo está muy organizado y bien establecido.


Mi cometido es preparar té para el campamento, alrededor de 4.000 litros cada día, y ayudar en cualquier tarea para la que se me requiere porque la situación cambia de un segundo a otro. Para el fin de semana esperamos a 12.000 personas.

Lo más impactante ha sido ver a niños llegando sin zapatos en medio de la lluvia. Una noche fría y lluviosa escuché el llanto de una niña. Tendría cuatro o cinco años. Estaba sin zapatos ni calcetines, cubierta de barro y se ha había perdido. Cuando la lavamos, pudimos ver sus pies llenos de cortes y cicatrices. Esto es lo peor que he visto, aunque finalmente tuvo sus calcetines y sus zapatos y encontró a sus padres.

Otro día llegaron unos padres con un niño parapléjico. Realmente una experiencia triste, aunque me alegré de poder ayudarles durante un kilómetro y medio hasta alcanzar la tienda médica, donde conseguimos una camilla y atención sanitaria.

Los sirios son gente amable y educada. Realmente espero que los refugiados lleguen sanos y salvos a donde quieren ir, pero espero sobre todo puedan volver un día a casa, porque no hay lugar como el hogar ".

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