Las Cáritas de Hungría y Eslovenia colaboran en la atención a los refugiados en Dovoda

[Caritas Internationalis] Hace un día sucio y frío en Dobova, con una continua llovizna, nubes que se ciernen sobre el campamento y una niebla que se cuela hasta en los bolsillos.

Una cola desordenada de refugiados, con barro hasta los tobillos, espera a recibir pan y agua de mano de los voluntarios, antes de tomar el tren hasta la frontera con Austria. Será la siguiente parada de su viaje sin fin, en la que encontrarán, de nuevo, más espera y más colas. Está claro que desean subir al tren. La cola se mueve rápidamente. Nadie quiere esperar otro día, ni otra hora.


[Caritas Internationalis] Hace un día sucio y frío en Dobova, con una continua llovizna, nubes que se ciernen sobre el campamento y una niebla que se cuela hasta en los bolsillos.

Una cola desordenada de refugiados, con barro hasta los tobillos, espera a recibir pan y agua de mano de los voluntarios, antes de tomar el tren hasta la frontera con Austria. Será la siguiente parada de su viaje sin fin, en la que encontrarán, de nuevo, más espera y más colas. Está claro que desean subir al tren. La cola se mueve rápidamente. Nadie quiere esperar otro día, ni otra hora.


Dobova es el lugar de un nuevo campo de refugiados en el este de Eslovenia, cerca de la frontera con Croacia. El campamento se encuentra en las afueras de esta tranquila ciudad, rodeado de campos verdes, muy cerca de la línea ferroviaria de Zagreb a Ljubljana. Desde que comenzó la crisis, la ciudad no sólo se ha llenado de refugiados, sino de policías, de militares, de periodistas y de trabajadores de organizaciones humanitarias.

Dentro del campamento, la luz roja de la tienda médica de Cáritas Hungría pone un poco de calor humano en este desgraciado día. Allí se recibe con calidez y tranquilidad a las colas de refugiados abrumados y enfermos.

Un adolescente iraquí se sienta en una camilla metálica con la mirada perdida, los ojos aletargados, la cabeza gacha. Parece que tiene fiebre. Un médico se arrodilla junto a él y le toma la temperatura y el pulso. No sabe inglés, pero el equipo le atiende en árabe.

Poco después entra una joven un poco mayor, de unos 20 años. Está demacrada, extremadamente delgada, en los huesos, con las mejillas hundidas.

El siguiente es un niño afgano que necesita varios de puntos de sutura en la mano después de haberse cortado con una roca. Le sigue otro niño afgano con una herida en la cabeza.

Bahrang Mostaan, el único intérprete persa del equipo, está especialmente ocupado esta mañana. Nacido en Irán, vive en Europa desde la infancia. Él ofrece su naturaleza alegre a todos los pacientes, pese a las largas horas de trabajo y las escasas horas de sueño.

Bahrang es estudiante de sexto año de medicina de la Universidad de Debrecen, en Hungría. Colabora como voluntario en el campamento.

"Las personas vienen en oleadas", dice. "Tan pronto tienes un momento de descanso como momentos frenéticos que nunca se sabe que van a suceder. Las enfermedades más comunes son las infecciones en las vías respiratorias altas y la gastroenteritis".

"La situación más grave que ha atendido el equipo ha sido, hace poco, la de una niña en pre-shock cardiaco. Su corazón no estaba bombeando sangre adecuadamente, con las venas y arterias dilatadas, sin presión arterial. No estoy seguro de la causa.., la fatiga, el estrés prolongado, la falta de agua y comida..."

La tienda médica tiene un flujo constante de pacientes, 100 personas al día apróximadamente. Se estableció inicialmente para tratar a los refugiados en Hungría, antes de que el gobierno cerrara la frontera a mediados de septiembre. Después de eso, Cáritas Hungría trasladó el servicio a Eslovenia.

"Proporcionamos atención médica a los refugiados, mientras que Cáritas Eslovenia ofrece comida, bebidas y ropa en la tienda de enfrente", explica Balint Vadasz, director de emergencias de Cáritas Hungría.

"La atención médica básica es un derecho humano y nos pareció que era muy importante para hacer frente a esta situación. El equipo y la tienda médica ambulatoria son pequeños, pero suficientes para proporcionar una atención profesional".

"A veces tenemos que enviar a la gente al hospital, pero por lo general, cuando se enteran, tratan de evitarlo, porque que no quieren separarse de sus familias. No sabemos qué va a pasar durante el invierno. El camino está afectando gravemente a la salud de estas personas. La gente llega muy estresada", dice Bahrang.

De pronto suena un estruendo. "Mira, llega un tren", dice un voluntario. Los refugiados se asoman por las ventanillas observando su próxima parada. Son 1.500 que llegarán al campamento durante la póxima hora. Llueve. Todo el mundo espera. Es la calma antes de la tormenta.

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