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De Burkina a España

Ousmane fue un MENA, no más que un niño de trece años. Hoy es un muchacho de veinte que nos abre las puertas de su vida.


Ousmane fue un MENA, no más que un niño de trece años. Hoy es un muchacho de veinte que nos abre las puertas de su vida.


Hoy, 18 de diciembre, celebramos el Día Internacional del Migrante, declarado en 2000 por la Asamblea General de las Naciones Unidas para destacar la necesidad «de proteger efectiva y plenamente los derechos de todas las personas migrantes». «Nosotros juntos» es el lema de la conmemoración en 2020. Significa una llamada a la cohesión y el reconocimiento del otro: vivimos juntos, sentimos juntos, aprendemos juntos, trabajamos juntos, jugamos juntos y aspiramos juntos, y esta es la única manera de avanzar en sociedad. «La respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas -nos urge el papa Francisco- se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar». La historia de Ousmane y su familia nos habla de ello. Es la historia de un MENA, es decir un niño de trece años, ya convertido en muchacho, que nos invita a mantener bien abiertos los ojos y el corazón.

 

De Burkina a España

Me llamo Ousmane, soy de Burkina Faso y tengo veinte años.

En Burkina estudiaba, pero dejé de estudiar con trece años por falta de dinero. Era la mejor opción que podía hacer. Todo esto para poder ayudar a mi familia, pues soy huérfano de padre y solo tengo a mi madre y una hermana.

Me fui a la capital (Ouagadougou) y empecé a buscar trabajo. Lo que trabajaba no me daba para nada. Fue entonces cuando decidí migrar, salir de Burkina, para poder tener un buen trabajo y buscar una vida mejor.

En ese momento la idea era ir a Argelia. Después de atravesar el desierto y cruzar Niger, llegué a Argelia y encontré trabajo en el campo. Estuve allí trabajando seis meses, hasta que terminó la temporada de la fruta. Después encontré trabajo de peón de albañil.

En Argelia estuve más de un año, ahorrando para conseguir dinero para seguir el viaje.

Llegué a Marruecos con un amigo mío, pero el camino lo hicimos entre varios.

En Marruecos me encontré con mi mejor amigo de la infancia y con él hice «la aventura», que es como llamamos a este camino para llegar a Europa. Intentamos saltar la valla de Melilla en varias ocasiones sin éxito, hasta que en septiembre de 2016 lo intentamos otra vez. No fue una tarea fácil.

Tras varios días de esperar en la montaña de Marruecos, comenzamos el intento de la valla. Tuvimos que esperar escondidos hasta que los guardias marroquíes tuvieran que ir a rezar. Ese fue el momento en el que decidimos subir a la valla. Como íbamos en grupo, todos fuimos corriendo para llegar a subir a la valla. Yo, cuando estaba arriba, escuchaba gritos, gente con heridas muy graves. Ese día fue uno de los peores días de mi vida. Conseguimos entrar, pero no todos lo consiguieron. Llegamos al CETI de Melilla y estuvimos allí dos meses y medio, estudiando el idioma tres días a la semana. En la calle conocí a unas mujeres que también me daban clases. Quedábamos fuera del CETI, sentados sobre unas piedras. Así, poco a poco, fuimos formando el grupo cada vez más chicos.

Después de dos meses y medio nos mandaron a la península, cada uno con una ONG.

A mí me mandaron a Teruel con CEPAIM. Y a mi mejor amigo, que consiguió entrar conmigo, le tocó ir a una ONG de Sigüenza.

Una vez llegado, tenía el único propósito en estudiar y al mismo tiempo trabajar para poder ayudar a mi familia, pero siendo indocumentado no podía.

Estuve diecisiete días en Teruel. Una de las mujeres que nos daban la clase sobre las piedras en Melilla era amiga de la trabajadora social del Proyecto Nazaret de Cáritas y contactó con ella para que me recogiera en su centro, porque lo que queríamos era estudiar, y, aunque era menor, no pude entrar en un centro de menores por el hecho de no poder hacer llegar mis papeles de mi país a tiempo. Aquí tuve mucha suerte, ya que conocí a personas muy buenas que me ayudaron a adaptarme fácilmente y a aprender el idioma.

Cuando llegué a Cáritas nos daban clases de español de distintos niveles (1, 2, 3), clases de cocina y salidas para conocer distintos lugares.

Estuve con Cáritas un año y seis meses, pero llegó un momento en que tuve que salir, porque en Cáritas nos enseñan el idioma y todo el apoyo para que después puedas buscarte la vida.

Mi educador me ofreció su casa y me fui a vivir con él y su familia. Cuando llegué a su familia era como uno más.

Yo, como quería estudiar, los educadores nos prepararon a los que tienen niveles de estudios para la prueba libre de la ESA. Hice la prueba, la aprobé y estudié dos años. Con el título me metí a estudiar una FP de grado medio de cocina, que son dos años y lo he terminado este año.

Estos años de estudios he conocido a gente buena y mala. Gente que no quiere compartir o estar en el mismo sitio por mi color. Otro problema que encontré muy presente es el racismo, aunque ser migrante no tiene por qué significar algo negativo, ya que también aportamos muchas contribuciones.

En mi nueva familia me ayudaron mucho. He pasado muy buenos momentos con ellos, de viaje, conocí a gente. Gracias a ellos he podido finalizar mis estudios, conseguir la documentación y, a día de hoy, tengo mi trabajo. Con lo que gano ayudo a mi madre a tener una casa en Burkina. Saqué el carnet de conducir, compré un coche... Estoy muy orgulloso con mi vida, con esta familia maravillosa y rodeado de gente buena.

Muchísimas gracias.