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Hablar de la crisis ambiental no es una novedad. Hace casi cincuenta años que se habla en foros internacionales, discursos científicos y políticos sobre las consecuencias para la naturaleza y sus recursos del desarrollo humano. Pero no ha sido tan habitual hacerlo cuestionando el modelo mismo de desarrollo, insostenible ambientalmente pero también injusto y desigual, porque ha dejado al margen a millones de personas. Cambia en Laudato Si la manera de mirar el problema. Desde los países industrializados esa mirada ha estado preocupada por la necesidad de mitigar los efectos perversos del crecimiento económico, en términos de contaminación, deterioro y agotamiento de recursos naturales y materias primas, efectos en el clima global y local… y se ha centrado en afrontar las soluciones desde buenas prácticas y dispositivos tecnológicos. Es una fotografía fija del presente, en la que falta análisis y profundización de causas, valentía y radicalidad en unas propuestas de futuro que, necesariamente, implican a la estructura del modelo de desarrollo. Un modelo basado en la continuada apropiación de la riqueza del planeta beneficiando sólo a unos pocos, en un sistema de intercambio y comercio global desigual y profundamente injusto, en la utilización de los países menos desarrollados para relocalizar los modelos productivos y los vertederos que no se aceptan social ni ambientalmente en los concienciados países ricos…
Y el Papa viene a decirnos que no hay dos crisis separadas, la social y la ecológica, sino “una sola y compleja crisis socioambiental” (LS 139). Nos hace caer en la cuenta de que nuestro modo de vida insostenible desde el punto de vista ambiental es un insulto y una agresión directa a los pobres.
Para contemplar “esa tierra herida” parece necesario partir de una premisa que se apunta en diferentes partes del texto: somos parte de un sistema interconectado que tiene una dimensión espacial y temporal.
Desde la ecología y otras ciencias que aplican la Teoría General de Sistemas hemos aprendido a aplicar algo que ya intuyó Aristóteles: el todo es más (y otra cosa) que la suma de las partes. Esto puede parecer muy teórico, pero se explica de forma sencilla con cualquier cosa que responda a la definición de sistema. La Tierra es un sistema complejo y frágil y la alteración de algún elemento compromete el funcionamiento del todo (LS 42). Lo ha puesto de manifiesto la dinámica del clima: la contaminación generada en una ciudad por el tráfico rodado está influyendo en que los huracanes sean cada vez más destructivos o las sequías más extremas y persistentes en distintos puntos del planeta y que, por cierto, afecten más a los más vulnerables por dónde y cómo viven y por carecer de medios para la prevención. Esto también nos conecta, por un lado, con la dimensión espacial del sistema porque lo que ocurre en la escala local afecta a lo global y viceversa; y por otro, con su dimensión temporal, porque vivimos como si no hubiera un mañana (LS 160). Nos sigue costando entender que habría que ser más solidarios con nuestros contemporáneos por un principio de justicia y solidaridad sincrónica, mucho más hacerlo con las generaciones futuras por un principio de justicia y solidaridad diacrónica. Y esto a pesar de que sabemos que no tienen que pasar siglos para que las cosas empeoren: nuestros propios hijos y nietos, con certeza, vivirán peor que nosotros en términos ambientales y sociales si no empezamos a cambiar (LS 160).
Y ser un sistema ¿qué implica para nuestra vida? Podría movernos a dar mucha más importancia a cada gesto, decisión, acción u omisión de nuestro día a día, por insignificante que nos parezca. Esto supone una gran responsabilidad, pero también nos devuelve el poder y la esperanza. Todo pasa por acostumbrarnos al ejercicio poco frecuente de hacernos preguntas: ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Qué consecuencias tendrá esto en el corto y largo plazo? Y si no hay certezas… ¿no será mejor poner en juego el principio de precaución? Se trata de estar atento a encrucijadas en el cuidado de la Casa Común que se nos presentan cada día en el plano social, económico o espiritual.
En el plano social propondría tres de ellas.
En primer lugar, la realidad de las migraciones. La mayoría de los movimientos migratorios tienen causas forzadas. Estas causas tienen que ver con el modelo de desarrollo desigual y antiecológico que a nivel global impide a millones de personas tener una oportunidad de vivir dignamente en sus propios países. A ellos se suman los que huyen de guerras, violencia o persecuciones y los que buscan refugio de las cada vez más dramáticas catástrofes climáticas. ¿Cómo respondemos como sociedades desarrolladas ante la llegada de estas personas? ¿Cómo reaccionamos ante las personas migrantes que nos encontramos? ¿Cómo construimos la paz y la hospitalidad con los que llegan, cómo educamos y nos formamos para un mundo abierto e intercultural en nuestros barrios, escuelas, familias…?
En segundo lugar, la realidad de la ciudad. Una ciudad que, en cuanto a modo de vida urbano, lo abarca ya casi todo, también el medio rural. Un pequeño planeta en miniatura en el que se manifiestan todas las debilidades de nuestro modo de vivir: la lejanía de nuestras bases naturales de subsistencia, las necesidades ingentes de energía y materiales y la expulsión de toneladas de desechos, la desigualdad interna y la dificultad en el acceso a derechos como la vivienda, la salud, la educación. Lugares donde la pobreza es más pobreza (LS 154). La ciudad nos interpela: ¿Cómo vivimos estos espacios de convivencia, de trabajo, de movilidad? ¿Nos sentimos llamados a cuidar el bien común en nuestro comportamiento cotidiano en la calle, en el parque, en los servicios públicos? ¿Conocemos la realidad social de nuestros pueblos, de nuestra ciudad, cómo defendemos los derechos de los más vulnerables, nos implicamos?
Y, en tercer lugar, la encrucijada del paro. El Papa denuncia que hemos construido una sociedad del descarte alimentada por la pérdida de fuerza de trabajo, sustituida por máquinas que, en definitiva, sigue profundizando en un reparto desigual de la riqueza (LS 46). ¿Cómo vivimos esta realidad en una diócesis con casi un tercio de su población activa en paro? ¿Hay algo hacer desde lo que compramos, votamos, compartimos, en el compromiso con el trabajo digno y decente si somos agentes de contratación o en la cercanía a quienes lo sufren y reivindican sus derechos?
En el plano económico propondría otras tres encrucijadas cotidianas.
En primer lugar, una llamada conocida de Jesús en el Evangelio: cuidaos de toda forma de codicia. La dinámica de la acumulación, del consumo compulsivo y desmedido, del usar y tirar, es la lógica del sistema capitalista y neoliberal y se nos cuela constantemente. Lo vemos en nosotros. Y lo vemos en Cáritas: ya no solo como pobreza objetiva de carencia de bienes esenciales (que también) sino como pobreza derivada del estándar de consumo que hemos elevado a categoría de normal. El Papa nos invita a vivir la austeridad con libertad y conciencia para ser más felices, vivir con sencillez y practicar la gratuidad en nuestras relaciones sociales (LS 223).
En segundo lugar, podríamos fijarnos en qué y cómo comemos. La lógica productivista y consumista está también en la manera en que nos alimentamos. En cuanto a la cantidad alguna cifra: Tiramos la mitad de la comida que producimos en el mundo, en España unos 135 k. de comida per cápita. ¿Y en cuanto al precio o la calidad? ¿Quién gana realmente en el comercio de los alimentos básicos? ¿El que los produce o el que controla la distribución y el comercio a gran escala? ¿Cuánto vale realmente un tomate o un litro de leche que compramos por barato en el supermercado en términos de justicia para quien lo ha producido o en cuánto a la salud de quien lo consume? (LS 129). Nuestras opciones en la alimentación tienen que ver con nuestra salud, pero también son opciones sociales y ambientales cuando nos comprometemos con el agricultor más cercano, con una producción que cuida la tierra y sirve de sustento a quien no tiene trabajo.
En tercer lugar, todos los días optamos por un modelo energético y esta elección no es indiferente para el planeta ni para los pobres. Casi un 20% de los factores que influyen en el cambio climático están directamente en nuestras manos: los aparatos que dejamos enchufados o en espera, la utilización innecesaria del coche (40% de nuestro consumo de energía), el consumo exagerado en la climatización, reciclar y utilizar materiales reciclados para evitar el consumo de materias primas, iluminar con sistemas de bajo consumo…
Y, finalmente, algunas encrucijadas que afectan al plano espiritual.
Nos llama el Papa a reconocer la ofensa a Dios en nuestra falta de cuidado de la Casa Común (LS 64). Esto supone incorporar al examen actitudes, acciones y omisiones de la vida cotidiana: si hemos desechado el móvil con demasiada rapidez, si tenemos más ropa de la necesaria, si usamos el coche cuando podríamos ir andando o en autobús, si hemos sido descuidados con el agua o con el consumo de electricidad, si no hemos respetado los espacios comunes o los rincones de la naturaleza que visitamos… y dejarnos afectar por el sufrimiento que esto ha podido provocar en nuestros semejantes: en las minas de coltán de Congo, en las fábricas textiles de Bangladés, en los barrios vulnerables a los efectos de un huracán nunca visto en Haití... en la falta de hospitalidad con la persona inmigrante y el silencio ante la muerte en las fronteras, en la indiferencia frente al parado o en la reivindicación de trabajo decente para todas y todos…
Y hacerlo porque nos sentimos llamados a bendecir lo que ha sido creado por Dios: cada criatura viva, cada paisaje (LS 233). El Papa nos pone delante el ejemplo de S. Francisco de Asís. “un místico y un peregrino que vivía con simplicidad en maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo”. Y nos invita a sentirnos íntimamente unidos a todo lo que existe, porque así “la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo”.
Hay una llamada a que esta reconciliación con la Creación lo sea desde un compromiso con los últimos. A experimentar la misericordia del Padre desde esta clave, que implica a una nueva forma de mirar, la incorporación efectiva del Evangelio de Jesús en nuestra vida que pone en el centro de su mirada a los últimos. Los pobres son criterio de discernimiento.
Sabemos, pues, que no estamos fuera del problema, somos parte de él y parte de la solución. El Papa nos llama, una vez más, a superar el gran mal de la sociedad y también de la Iglesia: la indiferencia. Y nos invita a una conversión personal (LS 216) que supere actitudes que obstruyen la solución: negación del problema, resignación cómoda, confianza ciega en la ciencia y la tecnología… (LS 14). Llama al compromiso ciudadano de amor civil y político, a participar, denunciar y exigir, defender los derechos de todos y todas, construir redes de incidencia y de solidaridad (LS 231). Y a hacerlo desde la esperanza y la alegría de los que buscan la plenitud en Dios y sienten su amor (LS 244, 245). Alabado Sea.

