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Nuestra Cáritas • 09/01/26

«Somos nosotros los que volvemos agradecidos"

Jóvenes de las Pastorales Juvenil  y Universitaria colaboran con Cáritas durante la Navidad

Nuestra Cáritas • 09/01/26
«Somos nosotros los que volvemos agradecidos"

Jóvenes de las Pastorales Juvenil  y Universitaria colaboran con Cáritas durante la Navidad

Me llamo Fernando, tengo 26 años y actualmente estoy terminando mis estudios del grado en Administración y Dirección de Empresas bilingüe en la Universidad Loyola. Compagino esta etapa universitaria con mi trabajo como auxiliar de turismo y sacristanía en la Catedral de Sevilla, un entorno que, además de laboral, se ha convertido para mí en un lugar de crecimiento personal y espiritual. Junto a ello, colaboro en el Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla (SARUS), al que asisto con frecuencia; participo en el Servicio de Evangelización y Diálogo (SED) de la Universidad Loyola; ayudo como catequista de niños en mi parroquia, la parroquia de San Bernardo; y formo parte de un grupo de Oración Joven en la misma.

Provengo de una familia con una fe cristiana bien arraigada. Desde pequeño he asistido a misa con ellos en nuestra parroquia, y aunque en estos últimos años suelo ir también con mi novia, Maite, a otras iglesias como San Buenaventura, la Catedral o El Salvador —muchas veces condicionados por la cercanía o mi trabajo—, la vivencia comunitaria de la fe ha sido siempre un pilar fundamental en mi vida.

Hasta hace poco, mi relación con Cáritas era similar a la de tantas otras personas: colaborar de manera puntual a través del cepillo de la iglesia. Sin embargo, este verano, durante un Campo de Trabajo en la isla de Gran Canaria, junto a Maite y otros jóvenes de la Pastoral Universitaria, tuve la oportunidad de conocer más de cerca la labor que realiza Cáritas a través de distintos voluntariados. Allí colaboré en un comedor social en el centro de Las Palmas, participé con una asociación que vela por la seguridad y la integridad de mujeres víctimas de la trata y la prostitución, y también fui voluntario en un centro de baja exigencia que atendía a personas en situación de calle, algunas de ellas marcadas por la dura realidad de la drogadicción. Aquella experiencia supuso un punto de inflexión y despertó en mí el deseo de seguir implicándome de forma más activa.

Por eso, cuando estas Navidades me llegó la información sobre un voluntariado de acompañamiento a personas mayores, primero a través de mi amiga Carolina, colaboradora de Cáritas Universitaria de Sevilla, y posteriormente gracias a María Galán, de Cáritas Diocesana, que vino a presentarlo al SARUS, no dudé en apuntarme. Además, ya había participado anteriormente en experiencias similares en la residencia del Hospital de la Caridad y en una residencia en Chiclana de la Frontera, por lo que sentía que era una llamada conocida y muy necesaria.

Este voluntariado ha consistido principalmente en visitar y acompañar a personas mayores en sus propios hogares, algo que he podido vivir junto a Maite y a otras voluntarias de Cáritas. Nuestra primera visita fue a la casa de Mercedes y Antonio, un matrimonio que nos recibió con los brazos abiertos. Mercedes incluso nos preparó café y dulces para la merienda, mientras nos contaba cómo Antonio, debido al deterioro propio de la edad, apenas podía moverse. Más adelante visitamos a José Manuel y Pedro Pablo, dos hermanos entrañables, muy cercanos y agradables, con los que enseguida se creó un clima muy bonito de confianza.

En casa de estos últimos conocimos a Valentina, una mujer ucraniana que cuidaba de Pedro Pablo, casi inmóvil tras haber sufrido un ictus. Valentina fue especialmente cariñosa con nosotros y nos compartió parte de su propio testimonio de vida. Además, descubrimos que también era ella quien se encargaba de atender y cuidar a Antonio, cerrando así un pequeño círculo de encuentros que nos hizo tomar aún más conciencia de la realidad cotidiana de estas personas.

Otro día participé en una tarde de voluntariado en la parroquia de La Oliva, acompañado por mi amiga Rocío. Allí animamos a los mayores cantando villancicos, realizamos una actividad conjunta y, finalmente, ayudamos a preparar y compartir una merienda entre todos. Fue un momento sencillo, pero lleno de alegría y cercanía.

Por último, Maite y yo tuvimos la oportunidad de regresar a las casas de Mercedes y Antonio, así como a la de José Manuel y Pedro Pablo, para llevarles regalos de Navidad de parte de Cáritas. En esas visitas pudimos preguntarles cómo habían pasado las Navidades, compartir largas conversaciones y sentir, una vez más, su agradecimiento sincero. Además, en esta ocasión nos encontramos con Valentina en casa del matrimonio, que fue tan agradable como la última vez. Y en casa de los hermanos, incluso nos ofrecieron quedarnos a comer con ellos, signo de una hospitalidad que nos conmovió profundamente.

De toda esta experiencia me llevo un recuerdo precioso. Si Dios nos enseña que el servir y compartir son señas del amor, y que todos estamos llamados a ello, en fechas tan sensibles como la Navidad, cuando muchas de estas personas se sienten especialmente solas, el acompañamiento se vuelve aún más necesario. Al final, uno se da cuenta de que somos nosotros los que salimos agradecidos. Ha sido una experiencia muy humana y profundamente cristiana, que no olvidaremos y que esperamos poder seguir repitiendo, acompañando a estas personas y siendo testigos de cómo continúan sus vidas.




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