Nuestras noticias
[Publicado en Boletín 98]
Encarna Freire
Voluntaria en Centro Amigo
En el corazón de Triana, muy cerca del Guadalquivir, en un patio de macetas, sonaba un teclado por la tarde mientras se leían poemas sin rima pero con mucho corazón. Guirnaldas de colores, globos como limones en el aire y mesitas adornadas con jarrones de flores.
La casa de Cáritas celebraba la Velá de 2026, preludio del verano, que sonaba a fiesta de fin de curso.
Los moradores del Centro Amigo tienen aquí el hogar que habían perdido. Junto a ellos, en el patio, esta tarde de junio están los voluntarios que les acompañan en sus paseos y citas diarias. Casi siempre al médico.
Después de meses de confidencias y desahogos, el relato de sus vidas truncadas y la esperanza de tirar para adelante han creado una cercanía y una corriente de cariño.
El equipo de trabajadores del Centro Amigo que gestiona la casa trianera para personas sin hogar de Cáritas Diocesana de Sevilla también participa en la fiesta. «Estaba muerto en vida, pasaban días y semanas, pasaban meses y años y seguía muerto, solo respirando», confesaba Fran en su poema, con el que agradecía la ayuda que lo ha sacado de la calle donde naufragaba y lo ha traído hasta la orilla de esta casa amiga.
Entre palmas y cantos de amistad, casi infantiles si no fuera porque casi todos peinan canas, se escucharon muchas voces agradecidas. Algunos espontáneos se atrevieron a entonar alguna letrilla aflamencada, como Toñi, o un cántico religioso nigeriano con el que Steven recordó su país emocionando a todos. Su ilusión es regresar pronto a ver a su madre después de trece años exiliado.
«Desde lo más profundo de mi corazón tengo que agradecerle a Cáritas que me ha devuelto la vida», confesaba José Antonio tras llamar «ángeles en la tierra» a los voluntarios. «A pesar de la lluvia o el frío y de vuestras circunstancias personales siempre estáis al pie del cañón», agradecía Ramón. «Por dura que sea la cuesta siempre tendré a cada uno de ustedes agarrándome fuertemente y no soltándome», recitaba Rafa. Y así José, Jesús, Lola, Jorge, Rafael, Ángel y Mabel también agradecían la segunda oportunidad que les ha brindado el Centro Amigo y el regreso a una vida «con derechos y valores».
En esta pequeña comunidad de Cáritas los trabajadores, con el apoyo de los voluntarios, no dejan de buscar alicientes y estímulos para toda la familia del Centro Amigo. Es muy gratificante ver cómo mejora la salud maltrecha o el ánimo de los moradores de la casa. Y cómo progresan en sus trabajos manuales o en sus expectativas de futuro. Los más afortunados mantienen un hilo de comunicación con sus familias; otros esperan volver a ver algún día a un hijo, a un hermano o a una madre de los que hace años se perdieron.
En el camino ha habido abandonos. Como el de Carlos, el primer acompañante que conocí cuando empecé mi voluntariado. Simpático, se rehabilitaba de una cojera, pero nunca perdió la querencia por la calle. Añoraba a veces aparcar coches y dormir a la intemperie y fue así que claudicó y volvió a las andadas. Todo el camino recorrido con la ayuda de los profesionales del centro Amigo -psicólogos, médicos, asesores legales, educadores, tutores, sacerdotes, cocineros, auxiliares- desandado en un desliz.
No ha sido el único. En este último año de voluntariado me he cruzado con la mirada perdida de algún otro antiguo habitante de la casa de Cáritas que ha vuelto a los cartones y a dormir en las aceras.
Pero la gran mayoría consigue mejorar, enderezar el camino, recobrar la salud, poner los kilos perdidos y buscarse un destino más favorable con mucho esfuerzo de todas las partes.
Los paseos diarios, las visitas extraordinarias al acuario, a ver la exposición de dinosaurios en el CaixaForum, a la playa, a la misa dominical. Los talleres para refrescar conocimientos o adquirir hábitos de vida saludables, las conversaciones con los voluntarios, todo ayuda a normalizar las vidas extraviadas de los moradores del Centro Amigo. «Amigo» en recuerdo del cardenal Carlos Amigo Vallejo, benefactor de esta obra social de Cáritas Diocesana de Sevilla que se inauguró hace ya casi dos décadas; y «Amigo» porque de eso se trata: de generar esa relación desinteresada y afectiva.
Esta residencia situada en la calle Santísimo Cristo de las Tres Caídas, muy próxima a la parroquia de Santa Ana, la «catedral» trianera, acoge a una veintena de personas en situación de grave exclusión social. Está perfectamente integrada en el barrio en un lugar privilegiado y alegre.
El patio se llena de abrazos y besos. Los voluntarios regalan pulseras verdes a «la comunidad de amigos» en recuerdo de la Velá 2026. Tortillas de patatas, aceitunas, fiambres y refrescos salen de la cocina.

