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Sala de prensa

Sudán del Sur mantiene la esperanza

[Joseph Kabiru, Caritas Internationalis] Durante mi segundo día en Juba, capital de Sudán del Sur, ajeno al ajetreo y el bullicio de una ciudad que recupera poco a poco cierta normalidad, he podido escuchar algunas de las historias de las personas que huyen de la violencia que se ha adueñado del país. Son historias de mujeres y niños que están soportado el peso del sufrimiento.


[Joseph Kabiru, Caritas Internationalis] Durante mi segundo día en Juba, capital de Sudán del Sur, ajeno al ajetreo y el bullicio de una ciudad que recupera poco a poco cierta normalidad, he podido escuchar algunas de las historias de las personas que huyen de la violencia que se ha adueñado del país. Son historias de mujeres y niños que están soportado el peso del sufrimiento.


Las calles de Juba son engañosas para los ojos de un extranjero. Están llenas de vida, de signos de recuperación de los violentos acontecimientos recientes. Los disparos, que llegaron a ser cada noche parte de la normalidad de la vida, van siendo cada vez más extraños. Me senté con las mujeres y sus hijos, que tiraban inquietos de sus brazos, con ganas de hacer algo más que sentarse y ponerse a hablar, en los terrenos polvorientos de la catedral católica de Santa Teresa. Su mundo, dicen ellas, se ha vuelto al revés con los combates. Stella Jacob es una joven de 18 años de edad, madre de tres hijos, que dio a luz al último de ellos, Thomas Sebit, sola y sin ayuda, hace apenas seis días. Conocí a la madre y al bebé, además de a los otros dos hijos, dentro del complejo de la catedral, donde duermen en el suelo, en un edificio sin terminar perteneciente a las Hermanas del Sagrado Corazón. Stella cubre a su bebé recién nacido con un mosquitero, mientras me cuenta cómo tuvo que huir con sus hijos, embaraza de ocho meses, durante la noche del 15 de diciembre. "Cuando me puse de parto ni siquiera sabía que el bebé iba a nacer, pero llegó antes de que mi madre pudiera pedir ayuda," dice. El marido de Stella acudió al centro de reclutamiento militar cuando estallaron los combates y ella ni siquiera sabe si está vivo o muerto. En medio de la violencia que domina la vida ordinaria de todos los afectados, se encuentra María Abdalla Labalua, una madre soltera con 12 hijos, que llegó a Sudán del Sur hace dos años. Quería empezar una nueva vida en su nuevo país, después de haber vivido toda su vida en Jartum. Aquí llegó llena de esperanza, compró un terreno y construyó una nueva casa, que fue destruida al segundo día de comenzar la contienda. La situación sigue siendo tensa. El alto el fuego es frágil. Y la gente no está totalmente segura de qué va a ocurrir. No soy capaz de viajar mucho más allá de Juba. Pero he sido capaz de hablar por teléfono con personas de la Iglesia en la ciudad de Malakal. Allí, según la religiosa Agnes Nyalik, los perros y los pollos se alimentan de los cuerpos de los muertos en la feroz lucha por el control de la ciudad. Los cadáveres, cuentan, se pueden ver flotando en el río Nilo. En Malakal los médicos del hospital están sobrepasados por la gran cantidad de personas que se refugian en el interior del hospital, sin poder separar a los pacientes de los que buscan refugio. Cuentan también que la comida, que ha sido saqueada de las tiendas y de los almacenes de las organizaciones humanitarias, se vende ahora a precios desorbitados a cualquiera que esté dispuesto a aventurarse por las calles de la ciudad. El 9 de julio de 2011, desde la comodidad de mi casa en Nairobi, contemplé con orgullo la pacífica declaración de independencia de Sudán del Sur. A pesar del horror de la violencia, el pueblo de Sudán del Sur sigue manteniendo la esperanza, cree en su nuevo país, cree que la paz y el desarrollo es su futuro. Los miembros de Cáritas están proporcionando ayuda a las personas que huyen de la violencia en la catedral católica de Santa Teresa, incluyendo agua y artículos de primera necesidad.