Boletín 87. Diciembre de 2020

 

Más cerca que nunca

 

 

CARTA DEL DIRECTOR

La dimensión universal de la Caridad

Mariano Pérez de Ayala, director

 

Mariano Pérez de AyalaEn la pasada Asamblea General de Caritas Española celebrada en el mes junio, a la hora de reflexionar sobre los retos de nuestra organización para los próximos años, aparecía como uno de ellos la dimensión universal de la caridad, que forma parte del núcleo de nuestra misión.

La actual situación viene marcada por la pandemia de la COVID-19 y por las consecuencias económicas y sociales que se derivan de la misma. Son evidentes las repercusiones sociales de esta pandemia en forma de paro, caída de ingresos en las familias, dificultades para el acceso a derechos básicos como la alimentación, la vivienda, etc. Ante ello, muchos -también entre nosotros-, piensan que no podemos dedicar esfuerzos ni recursos a los pobres más «alejados», sino que tenemos que centrar nuestra acción exclusivamente en los de «aquí». Es fácil oír argumentaciones del tipo: «con las necesidades que tenemos ahora, cómo vamos a ayudar a los pobres que están lejos, en Africa, Asia o América Latina».

Estos argumentos tienen traslado a la escena política. Así, la Junta de Andalucía, para poner en marcha unas ayudas para alimentación con motivo de la COVID-19, obtuvo casi todos los fondos ─quince millones de euros─ del recorte de las ayudas a la cooperación internacional. Y hace unos días hemos sabido que un grupo político, para aprobar los presupuestos de la Junta de Andalucía, exige que se recorten otros tres millones de euros de la misma partida para dedicarlos a una subvención al Banco de Alimentos. Se los quitamos a unos pobres para dárselo a otros, sin pensar suprimir tanto gasto público superfluo y que la lucha contra la pobreza debe formar parte de una estrategia global.

Para Cáritas, la universalidad de la caridad obliga a fomentar la cooperación fraterna como elemento clave para garantizar la solidaridad global y una ciudadanía universal, para hacer frente a retos globales más allá de las prioridades de cada momento o de cada lugar. El impacto socioeconómico de la COVID-19 nos lleva no solo al fortalecimiento de estrategias para apoyar a otras Cáritas hermanas y promover la colaboración y la coordinación con otras instituciones que trabajan en este ámbito, sino también a abrir nuestros brazos para acoger a quienes vienen a nuestras sociedades más desarrolladas buscando salir de la pobreza con el anhelo esperanzador de una vida más digna. Nuestro apoyo a los inmigrantes no es un proyecto más de práctica fraternal con los necesitados de ayuda. Es el reconocimiento del derecho de las personas a buscar su bienestar económico, social y cultural. Cáritas realiza su tarea fraternal acompañando a esas personas en la búsqueda del camino más digno y equitativo, y tratando de encontrarles el mejor acomodo en nuestras sociedades, ya que la miseria y la desesperanza la expulsó de su tierra.

En la Encíclica «Fratelli tutti», recientemente publicada, el papa Francisco nos invita precisamente a tener una mirada abierta a toda la realidad del sufrimiento y la injusticia del mundo para construir una autentica fraternidad universal. La fraternidad cristiana llama a saltar por encima de las barreras raciales, culturales, religiosas o ideológicas, también las barreras geográficas, y, por supuesto, a superar y combatir los planteamientos nacionalistas excluyentes. No hay pobres de aquí y pobres de allí, sino seres humanos ─hermanos todos─ que sufren por la pobreza, el hambre, la falta de disfrute de derechos básicos, la falta de respeto a su dignidad. Nuestro compromiso y esfuerzo generoso debe estar abierto a todos.

Cáritas, si queremos ser fieles a la misión que hemos recibido, debe tener presente en nuestra acción esta dimensión universal. El compromiso por la justicia y la opción por los pobres no entiende de pasaportes o de identidades. Seamos realmente constructores de una solidaridad y fraternidad universal.

 

 

ACTUALIDAD

La Escuela de Otoño online congrega a cuatrocientos ochenta colaboradores de Cáritas

XXIV Escuela de Otoño

Más de cuatrocientos cincuenta colaboradores de Cáritas Diocesana -entre voluntarios, sacerdotes y técnicos- han participado los días 6 y 7 de noviembre en la vigesimocuarta edición de la Escuela de Otoño, celebrada este año en modalidad online como consecuencia de la situación epidemiológica.

 
Texto: Redacción / Foto: Cáritas Diocesana

 

El programa -inevitablemente recortado en posibilidades- ha contado con la destacada colaboración del delegado episcopal de Cáritas Española, el sacerdote Vicente Martín Muñoz, que acompañó la reflexión de los participantes con la ponencia «Una lectura creyente desde Cáritas a la crisis de la COVID-19». Pese a las dificultades del momento, don Vicente tuvo el cariñoso gesto de trasladarse personalmente a Sevilla para acompañar y compartir el trabajo con el equipo organizador.

En su intervención, el delegado episcopal dibujó el retrato de la sociedad precovid, «una sociedad descohesionada y fragmentada, con seis millones de precarios y casi dos millones de personas "expulsadas" que ya vivían en la supervivencia pura y dura, sin contar en el sistema de protección social y sin ser tenidas en cuenta». «La crisis sanitaria -sostuvo- desvela esta estructura social precaria, la desigualdad profunda, la falta de oportunidades para los últimos, la insuficiente protección social y una comunidad debilitada». «Frente a ello -recordó el delegado-, el Señor nos llama a "callejear nuestra fe" con los anticuerpos de la justicia, la solidaridad y la caridad». «Es necesario acabar con la C de COVID, de catástrofe humanitaria, de crisis sanitaria y económica, de crispación social y política, de caos organizativo; transformarla en la Re-C de reconstrucción, que tiene que ver con comunidad, ciudadanía, corresponsabilidad, compasión y cuidados».

Junto a la ponencia y el diálogo -el viernes-, el programa se completaba con la celebración durante la tarde del sábado de un vigilia de oración y adoracion al Santísimo, retransmitida desde la Capilla de la Universidad. El encuentro de oración se desarrolló en un clima de recogimiento y meditación, con un seguimiento intenso de los participantes, según se deducía de las aportaciones en el chat. Durante su desarrollo, resultó especialmente emotivo el testimonio de Mari Ángeles Rodríguez, voluntaria de la Cáritas Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de Mairena del Alcor: «Esperamos una revolución, un gran cambio, y olvidamos que somos expertos en lo pequeño. Es tiempo de no dejar de hacer, pero es más importante y fructífero hacer con amor. Ofrecer amor al prójimo nos convierte en lámparas que portan la luz de Cristo».

Según los datos registrados, sobre las cuatrocientas ochenta personas inscritas, el seguimiento en directo osciló entre los cuatrocientos cincuenta y los doscientos setenta usuarios en distintos momentos. A fecha de cierre de esta edición 1.760 personas habían visualizado la ponencia y 1.221 la vigilia de oración en el canal de YouTube de Cáritas Diocesana

 

La primera gran convocatoria de formación online del voluntariado
Texto: J. Cano / Foto: Cáritas Diocesana

BastidoresPese a la condiciones de distanciamiento impuestas durante la segunda oleada de la epidemia, Cáritas Diocesana ha querido sobreponerse a las circunstancias con la celebración online de este importante encuentro de formación, que cumple de este modo su vigesimocuarta edición y enfila el cuarto de siglo de celebraciones casi ininterrumpidas. Cabe recordar que solo una vez anteriormente, en 1998, se aplazó su celebración por la coincidencia de las fechas con las del magno evento del Congreso Diocesano de Caridad y Pobreza.

La XXIV Escuela ha supuesto la primera gran convocatoria de formación online del voluntariado realizada por Cáritas Diocesana de Sevilla. La experiencia, conseguida con una notable producción y realización, deja ya muy atrás las precursoras y experimentales retransmisiones de la escuela en los albores del streaming. Y, a la vista del nivel de participación, abre también interesantes expectativas y posibilidades que habrá que ir explorando en un futuro próximo, como un recurso complementario para el desarrollo de algunas acciones formativas.

Han sido casi quinientos colaboradores -«un número similar al de cualquier otra Escuela celebrada presencialmente», en palabras de su director, Nicolás Martínez Conde- las que se han congregado en torno al programa de esta extraordinaria edición, necesariamente recortado por las circunstancias. «La respuesta demuestra que todo el mundo la estaba esperando, como ya intuyó la Comisión de Formación cuando decidió su realización en esta modalidad», subraya Nicolás. «La Escuela es, sin duda, uno de los momentos de encuentro más significativos, reconocidos e importantes para nuestro voluntariado».

«Por la cuestión de la brecha digital generacional -explica el director-, albergábamos ciertas dudas sobre las posibilidades de conexión de muchos voluntarios, particularmente de los más mayores, pero o bien se han conectado sin problemas por sus propios medios o bien han contado con el apoyo de otros voluntarios y familiares. En el afán por compartir con los compañeros, nadie se ha arredrado ante el reto tecnológico». En este sentido, subraya el técnico Luis Ángel Rodríguez, «esta escuela ha sido como un punto de inflexión que ha hecho ver a muchos voluntarios que no hay que tener miedo a las nuevas tecnologías, que es más fácil de lo que parece y que el Reino de Dios atraviesa las pantallas y se hace presente en la relación con los compañeros, incluso digitalmente».

Pese a las insalvables diferencias y las limitaciones del formato, cierta «emoción de escuela» fluía por los teclados y pantallas al compás de las presentaciones preparadas por el equipo organizativo, de las caras conocidas y las palabras de los intervenientes, y de los saludos y los comentarios de los compañeros y amigos de otras Cáritas, según se presentaban en los paneles del chat. En gran parte se trataba de eso. «Por la realidad que estamos viviendo -sostiene Luis Ángel-, necesitamos seguir trabajando y fortaleciendo el sentido comunitario de nuestra fe, poner medios para que la "distancia social" imperante no nos desconecte: ser "signo" de unión, de convivencia, de sentimientos».

La organización y el desarrollo de la Escuela ha supuesto, como cada año, un intenso trabajo conjunto de las áreas técnicas de formación, territorios, comunicación e informática, «aunque este año -confiesa Luis Ángel- todos hemos tenido que aprender a manejar con fluidez estas tecnologías y superar algunas dificultades técnicas». «Es necesario reconocer -destaca Nicolás- la implicación y el compromiso del conjunto de los trabajadores y trabajadoras y el apoyo entusiasta del equipo directivo para que la Escuela se pudiera celebrar en un contexto de tanta incertidumbre». El agradecimiento de los equipos directivos y organizador es también grande hacia el Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla, señaladamente en las personas de los sacerdotes Pablo Guija y Antonio R. Badío y de los voluntarios y voluntarias de Cáritas Universitaria; hacia la Hermandad de los Estudiantes, que puso a disposición de la organización los recursos personales y técnicos que hicieron posible la transmisión desde su sede canónica en la Capilla de la Universidad; y hacia la comunidad parroquial de San Carlos Borromeo.

 

 

NUESTRA CÁRITAS

«La misericordia no se improvisa»

Desde su desencadenamiento en el mes de marzo, la grave crisis sanitaria y social de la COVID19 ha repercutido en los equipos y servicios de Cáritas con un dramático incremento de la presión asistencial. Las condiciones de confinamiento y distanciamiento social, obligadas para la contención de la epidemia, han supuesto también un enorme impacto en la experiencia de nuestros grupos, que han visto limitadas sus posibilidades de acción y ayuda justo en un momento de demanda creciente y desesperada.

 
Texto: J. Cano / Foto: Cáritas Diocesana
 

«Que algo como esto se desencadene de un día para otro lo hace todo muy dicíl. Al día siguiente de decretar el estado de alarma, el teléfono se caía. Familias, mujeres, personas mayores, personas en la desprotección más absoluta, unida a la incertidumbre que vivíamos todos». Con estas palabras describe la coordinadora general de Cáritas Diocesana, Victoria Martín, el comienzo en la institución de este «momento COVID» que, desde hace ocho meses, nos arrastra a nivel global, llevándose vidas, desgastando haciendas, desdibujando seguridades y desbaratando proyectos. En el mes de junio, durante la tregua relativa anterior a la segunda ola, Cáritas Diocesana cuantificaba en un 35% el incremento de la demanda de ayuda, con picos del 60% en zonas como Tres Barrios-Amate, Polígono Sur, Torreblanca o Macarena Norte, y con algunas Cáritas parroquiales que llegaban a duplicar el volumen de las ayudas.

Para Pilar Galindo, responsable técnica de Acompañamiento al Territorio de Cáritas Diocesana, «nuestros equipos ya eran testigos directos antes de la epidemia de las situaciones de precariedad y vulnerabilidad de buena parte de los hogares en la provincia de Sevilla, muchos de ellos sin ingresos económicos para hacer frente a las necesidades más básicas de la vida diaria». «En realidad -añade-, el coronavirus se ha recombinado con los "virus preexistentes" de la vulnerabilidad y la precariedad, con consecuencias socialmente devastadoras». Y, en esta dinámica, los equipos de Cáritas se han visto obligados a atender, junto a las personas y familias que acudían habitualmente a los servicios de acogida, a otras que habían sido atendidas en años anteriores pero ya no necesitaban ayuda y a muchas otras que nunca antes habían necesitado nuestra ayuda.

«Calmar un llanto desde la distancia social»

El impacto de la crisis sobre la institución no se resume, sin embargo, en los datos de la presión asistencial. Además -sobre todo, podríamos decir-, la labor se ha visto duramente repercutida en sus propias condiciones materiales y metodologicas. «De pronto, un día -explica Victoria-, se anula toda nuestra metodología, que es precisamente de cercanía y tiene mucho de encuentro físico, de dar la mano y de mirar a los ojos, o sea, todo lo contrario del distanciamiento y del confinamiento». «El desgaste emocional del voluntariado ha sido también muy grande, porque los voluntarios saben que no todo se soluciona con una ayuda económica, sino que son necesarios el apoyo y la cercanía», sostiene. «Los voluntarios han vivido situaciones de sobrecarga, estrés, frustración, desgaste e incluso conflicto, al no poder responder a la demanda», incide Pilar.

José Ignacio del Rey es voluntario del Proyecto Lázaro, de la parroquia de San Sebastián, dedicado a la atención de personas sin hogar en la zona del Porvenir. «Los días del confinamiento de marzo -recuerda- nuestros corazones miraban a la calle pensando en ellos. De hecho, al salir al supermercado, intentábamos pasar por los lugares que frecuentaban y, al no verlos, nos imaginábamos cómo estarían en los albergues habilitados para esos días, en esa situación tan difícil e insegura». En el mismo sentido se pronuncia José Mula, del Proyecto Nazaret, dedicado a la acogida y acompañamiento de personas migrantes: «Durante este tiempo hemos pensado mucho en el migrante del semáforo y en el de la manta, sin saber dónde estarían».

También lo explica con rotundidad Mari Ángeles Rodríguez, de la Cáritas Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de Mairena del Alcor: «Nuestras Cáritas se han visto muy afectadas en el modo de actuar. La palabra acogida pierde gran parte de su carga emocional si no podemos transmitir mano a mano, piel con piel, el afecto. Podemos dar un plato de comida, dejar una bolsa de alimentos en la puerta de una casa, pagar un recibo de la luz o un recibo de alquiler, podemos rezar, asistir a misa, leer el Evangelio, oir al Papa, pero ¿qué hay de la esperanza? ¿Cómo la transmito sin un abrazo, sin un beso, sin un tender la mano? ¿Cómo calmo un llanto? ¿Cómo espanto un miedo? ¿Cómo protejo a alguien desde la "distancia social"?».

«Hacer y hacer con amor»

«Es tiempo de no dejar de hacer, pero es más importante y fructífero hacer con amor. Es el amor lo que marca la huella de nuestros actos». Las palabras de Mari Ángeles nos sitúan con toda lucidez frente a algunos de los riesgos del momento, que, como casi siempre, se deslizan bajo el velo del activismo. «Esta crisis sanitaria y social nos ha devuelto de forma masiva y natural a unas tareas de ayuda material -advierte Victoria-, pero nuestra acción no se reduce a la entrega de alimentos o al pago de recibos. Hay que prevenirse contra los pasos atrás y no naturalizar como permanentes estas soluciones y métodos de emergencia». «Es evidente -apunta también José- que no podemos bajar las manos ante esta realidad, pero debemos entender que corremos el riesgo de tender la mano al pobre para seguir dejándolo como pobre, para que nunca salga de su situación, para que siga incluso engordando mi ego altruista». «La misericordia -subraya- debe ser inteligente y liberadora, hacernos más personas a todos, al que da y al que recibe». En el mismo sentido se pronuncia Pilar, para quien «debemos precavernos frente al riesgo de involución a una atención meramente asistencial, centrada en facilitar alimentos de manera urgente como único objetivo, dejando de lado la promoción, el acompañamiento, la escucha». Y añade: «Y también frente los discursos regresivos sobre la atención preferente de algunos colectivos sobre otros, sin ninguna valoración de sus necesidades".

«Tender la mano es un signo de proximidad, solidaridad y amor»

«Solo nos conocemos en la interacción con el otro, y somos interdependientes, y nos necesitamos unos a otros para ser en sociedad», asegura Pilar. «Con la pandemia -afirma Mari Ángeles- todos hemos pasados a ser pobres, mas dependientes los unos de los otros. Reconocerse pobre es un instrumento para reconocer a los pobres».

«La mano tendida al pobre la entiendo desde ahí, desde un profundo sentido de saber que todos, en cualquier momento, podemos estar en la misma situación de la persona a la que queremos tender la mano. Y que tenemos la misma dignidad aunque en este momento vital estamos en situaciones diferentes», asegura José. «Muchas veces nos cuesta entender que los pobres no son alguien a quien ayudar, extraño, lejano, fuera de mi, pero que me deja en el mismo lugar y no cambia nada en mi».

Para Pilar, «no siempre damos la posibilidad a los pobres de hablar de sus situaciones, no siempre somos capaces de escuchar qué quieren, por qué luchan, cuáles son sus sueños, preferimos centrarnos en darles lo que nosotros creemos que necesitan, en aconsejar cómo gobernar sus vidas, desde nuestros criterios, esquemas, posibilidades, sin pararnos a pensar, cómo se sienten ellos, cómo ven que pueden salir de su situación, qué necesitan de mí, para que pueda conseguir construir su vida».

«La caridad no cierra»

Bajo los lemas «La caridad no cierra» y «Cada gesto cuenta», adaptadados como hashtag en las redes sociales, los equipos y servicios de Cáritas han ido reaccionando desde el primer momento a las dramáticas circunstancias de la epidemia, sobreponiéndose a la incertidumbre, al miedo, a las condiciones impuestas y también a las importantes dificultades de partida, como la edad del voluntariado, el tipo de instalaciones, las dificultades en el manejo de algunas tecnologías o las dinámicas de trabajo. «Hemos tenido que trabajar mucho, pero no hemos tenido que improvisar», subraya Victoria. «En todos los niveles se ha intentado atender a todas las personas que han necesitado nuestra ayuda. Esto ha sido una prueba de estrés para la organización, pero hemos podido contrastar la fortaleza de los cimientos y del trabajo de base, de presencia en el territorio, de análisis, de propuesta».

«Hoy la inseguridad es nuestra: ¿cómo atajamos esta nueva ola que conlleva nuevas restricciones en nuestro día a día?», se pregunta José Ignacio. «Necesitamos confianza, decisión, amor y oración, mucha oración». «Se dice que se está produciendo en la sociedad una "fatiga emocional" importante que lleva a la desilusión», advierte Mari Ángeles. «Como escribe el Papa, "la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad”, que son las pequeñas cosas en las que somos expertos, como nos enseña el Señor. Los voluntarios de Cáritas somos expertos en lo pequeño, tenemos que trabajar para hacer del mundo un lugar amable, sin agobiarnos tanto por el macromundo, por la magnitud de la dificultades». «En estos tiempos difíciles, dificilísimos, en que está viviendo todo el planeta, vivir con esperanza es del todo necesario. Insuflar esperanza a nuestro prójimo es un acto de caridad al que el voluntario de Cáritas está llamado más que nunca», añade.

«Los equipos se han organizado para seguir atendiendo las necesidades básicas de personas y familias -explica Pilar-». «Se han flexibilizado criterios o requisitos para intentar agilizar las respuestas y la atención de cada caso, se han articulado nuevas formas de atender... Todo ello en un contexto generalizado de gran incertidumbre y, en ocasiones, en el caso del voluntariado con una edad avanzada, asumiendo riesgos personales para la salud». «En este momento -añade- las Cáritas parroquiales van retomando su actividad, con un voluntariado motivado y con ganas de continuar el acompañamiento a personas y familias».

 

 

La Cáritas de la Inmaculada Concepción, de Alcalá de Guadaíra, celebró su cincuentenario

Texto: I. C. Picazo / Foto: Cáritas de la Inmaculada

 

Cáritas Inmaculada Para situaros, primeramente decir que somos de la Cáritas Parroquial de la Inmaculada Concepción de Alcalá de Guadaíra.

Este año nuestra parroquia ha cumplido cincuenta años de historia y con ella se contempla por supuesto la vida de nuestra Cáritas, pero antes de contar cómo hemos vivido este aniversario voy a explicar algo más.

Nuestra parroquia se caracteriza por muchas cosas, pero una de ellas es el territorio donde está situada. Tiene una feligresía de las más grandes de Alcalá, con unos veinticinco mil habitantes aproximadamente, y eso conlleva a que esté en constante movimiento y se hace más exigente, porque tenemos mucha tarea para evangelizar e intentar atender a todo el que se acerca.

El papel de Cáritas en una parroquia siempre es esencial, esté en el barrio que esté, pero aún más cuando tiene algún foco de viviendas donde viven familias que están en riesgo de exclusión social. A lo largo de todos estos años, nuestra Cáritas, al igual que otras muchas, ha tenido muchos cambios, incluso de párrocos, y evoluciones. Durante muchos años, nuestra Cáritas ofrecía una ayuda asistencial, es decir, daba la ayuda, pero no hacía un seguimiento y acompañamiento a las familias, algo que a día de hoy es impensable. Ese proceso no ha sido fácil. Para ello hemos tenido que recibir mucha formación propia de Cáritas Diocesana, espiritual por parte de nuestros párrocos y, por supuesto, el acompañamiento de los técnicos de Diocesana. Los cambios generacionales de los voluntarios también han sido importantes y muy característicos en nuestra Cáritas. La variedad de edades, entre ellos muchos jóvenes, ha enriquecido mucho el grupo y que sea a día de hoy lo que es.

La realidad de nuestra feligresía hizo que creáramos el proyecto de infancia y adolescencia Samuel, un proyecto que también forman parte de la historia de nuestra parroquia, son ya 16 años. Atendemos a los hijos de las familias que acogemos en Cáritas, le mostramos otra realidad, talleres para inculcarle valores, excursiones, un campamento de verano, talleres familiares... Gracias a este proyecto, el seguimiento a las familias es de más calidad. Este proyecto nos ha traído grandes momentos y una conexión especial con las familias.

En el mes de noviembre nuestra parroquia ha finalizado un año jubilar por su cincuentenario. Tenía programado grandes eventos y citas importantes para celebrarlo, pero la mayoría de ellas se han tenido que suspender por la pandemia. Pero las citas que preparó Cáritas fueron entre enero y febrero, por lo que nos dio tiempo a realizarlas. Los actos eran a puertas abiertas. Hicimos una charla sobre la identidad de Cáritas, presidida por Mariano Pérez de Ayala, director de Cáritas Diocesana de Sevilla, y otra sobre infancia por parte de Eva Torres, técnica de Cáritas Diocesana. También tuvimos unos encuentros con los niños y familias del proyecto.

Pero quiero destacar que el acto más importante que tuvimos fue cuando empezó la pandemia. Un verdadero acto de caridad, día a día y durante tres meses. El único acto que nos puso a prueba como voluntarios, y que a mi parecer superamos con creces, fue atender a las familias solo por vía telefónica. Eso sí que fue celebrar a lo grande el aniversario. Un auténtico caos, porque nuestro teléfono no paraba de sonar. Llegamos a atender a 175 familias aproximadamente (casi el triple de las que ya atendíamos). Con la ayuda de nuestro párroco y de una compañera, que se dedicaron a dar unos vales para los supermercados y cajas de alimentos a las familias que atendíamos por teléfono. Está claro que el Espíritu Santo se hizo presente y nos ayudó a que todo saliera adelante y hacerlo de la mejor manera posible.

 

 

CARA A CARA
Salvador Diánez Navarro Salvador Diánez Navarro,
delegado diocesano de Migraciones

"Los cristianos tenemos que estar en la primera línea del acogimiento y el servicio"

 

Salvador Diánez Navarro nació el 11 de noviembre de 1979. Antes de entrar en el seminario, se licenció en Historia del Arte y, una vez allí, obtuvo el Bachiller en Teología en lo que ahora es la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla. Le ordenaron sacerdote el 23 de junio de 2020 y tuvo como primeros destinos las parroquias de La Purísima Concepción de El Garrobo y el Divino Salvador de El Ronquillo. Allí ha permanecido hasta el 9 de septiembre de este mismo año, en el que ha sido nombrado párroco de Nuestro Padre Jesús y San Sebastián de Lora del Río. Desde noviembre de 2019 es también delegado de Migraciones de la Archidiócesis.

 
Texto y foto: A. Ulla
P. ¿Imaginaba que su labor como delegado coincidiría con un momento de crisis como el que estamos atravesando?
R. Cuando me nombraron delegado de migraciones era consciente, por un lado, de la situación de vulnerabilidad y desprotección social que sufrían muchos de nuestros hermanos migrantes desde la administración pública y, por otro lado, de la cantidad de prejuicios de los que son objeto por una buena parte de la sociedad. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que todo se agravara con motivo de una crisis sanitaria como la que estamos viviendo, que desafortunadamente ha puesto al descubierto las carencias en materia social y que siempre golpea de manera mucho más incisiva a los colectivos más vulnerables, entre los que se encuentran muchos migrantes.
P. ¿Qué aspectos sociales ha dejado en evidencia la pandemia con respecto a las personas migrantes?

R. Son muchísimas las carencias en materia social. De entre todas, destacaría, de manera general, la falta de recursos económicos destinados por parte de la administración para cubrir las necesidades de las familias que viven en precario. No nos podemos ni imaginar cómo se han multiplicado los casos de precariedad sobrevenida como consecuencia de la pandemia, personas migrantes que han perdido el empleo y por ello su situación regular en nuestro país, por lo que no pierden solo el empleo, sino que vuelven a ser invisibles a todos los niveles, perdiendo, por tanto, derechos propios y familiares. Un migrante que pierde el empleo y su condición administrativa regular deja de ser persona, es invisible. ¿Tiene esto algún sentido? No podemos quedar indiferentes ante tal injusticia.

Otra de las carencias, a destacar, es la emergencia habitacional. Se han multiplicado las demandas de acogidas y nos encontramos con que no hay recursos para atender de manera digna a muchas personas que se ven avocadas a vivir a la intemperie. ¿Cuántos procesos extraordinarios de promoción e integración de personas extuteladas se han visto bruscamente finalizados al cumplir la mayoría de edad? Además de la cantidad de familias migrantes que no pueden hacer frente al pago de los alquileres, exponiéndose a la pérdida de su vivienda habitual.

P. ¿Cómo vivió en su parroquia y en la Delegación el primer impacto del confinamiento?

R. A nivel personal lo viví con la preocupación propia de una situación desconocida y, eso sí, experimentando de primera mano una vulnerabilidad que, a priori, parecía reservada a otros. La pandemia nos ha situado en un mismo plano, y eso tenemos que aprovecharlo para no volver a pensar que la necesidad, la vulnerabilidad y el qué pasará conmigo mañana se vean como algo propio de un determinado colectivo, sino que, como personas, iguales en dignidad, tenemos los mismo derechos y necesidades.

En aquel momento era párroco de dos pueblos pequeños de la Sierra Norte (El Garrobo y El Ronquillo) donde el virus no se hizo especialmente visible, por lo que las Cáritas de las parroquias siguieron con su actividad habitual. Sí se incrementó, sin embargo, la comunicación y coordinación con los respectivos servicios sociales de cada municipio, algo que siempre es buena noticia.

Lo de la Delegación sí fue mucho más preocupante. Había días que nos sentíamos desbordados ante la demanda de ayuda, asesoramiento... Muchísima gente sin tener lo básico para satisfacer las necesidades más elementales. Se hizo un esfuerzo grande de coordinación entre las distintas entidades: Cáritas Diocesana y parroquiales, asociaciones civiles y religiosas e iniciativas privadas para tratar de dar respuesta y paliar situaciones de auténtica necesidad.

P. ¿A qué responde el proyecto «Hermano migrante no estás solo»?
R. El proyecto responde a una necesidad imperiosa. Veíamos cómo la crisis estaba provocando que personas y familias, que ya estaban en situación de vulnerabilidad, pasasen directamente a la precariedad social, y aunque se comenzaron a tomar medidas por parte de las administraciones, no eran suficientes para dar cobertura y protección a muchas de estas familias. Además de la Iglesia, fueron muchas las iniciativas solidarias, de personas y entidades, que están ayudando en los distintos pueblos y barrios a vecinos que sufren esta situación. Pero veíamos que muchas personas migrantes y sus familias podían quedarse fuera de toda ayuda, agravándose su situación de vulnerabilidad. Fue así cómo desde la Delegación y Cáritas Diocesana, con el Proyecto Nazaret, nos pusimos a valorar la posibilidad de una nueva vía que atendiera las necesidades de estas personas.
P. ¿Qué casos se han encontrado este tiempo?

R. Desafortunadamente, nos hemos encontrado con muchos casos. Los más sangrantes, sin duda, aquellas familias con menores a su cargo. ¿Cómo explica un padre o una madre que no tiene para dar de comer a sus hijos cuando estos le dicen que tienen hambre? Esto ha pasado en Sevilla en el 2020. Un virus desconocido, que llega por sorpresa y las autoridades decretan un confinamiento por motivos sanitarios, ha hecho que muchas personas trabajando en precario, sin contrato, cobrado poco y viviendo al día, se quedaran sin nada a las dos semanas del confinamiento. Nos han llegado peticiones de todo tipo, desde alimentación, suministros... hasta personas que no pudiendo hacer frente al alquiler eran amenazadas con ponerlas en la calle. Y podemos pensar, ¿cómo es posible, si se abogó por decretar una prórroga para hacer frente estos pagos?. No olvidemos que muchos de los migrantes viven en habitaciones subarrendadas sin ningún tipo de contrato ni derecho.

P. ¿Cómo han ido resolviendo estas ayudas?
R. Desde un primer momento, teníamos claro que no podíamos duplicar recursos. Por eso ha sido un trabajo de coordinación entre todos, donde han jugado un papel fundamental las Cáritas parroquiales con los técnicos de zona a la cabeza. Muchos fueron derivados a su Cáritas correspondiente, a los servicios sociales de los ayuntamientos... Aquellos que no podían acceder a nada de eso, por distintas circunstancias, han sido los que desde el proyecto se les ha ido acompañando.
P. Parece que la palabra «papeles» sigue siendo sinónimo de derechos...
R. Tristemente es así, pero yo iría un poco más allá: «papeles» sigue siendo sinónimo de persona. Y si no eres persona no eres nada. No tienes derechos, no cuentas con protección de ningún tipo. Eres absolutamente invisible en todos los sentidos menos en uno que sí te hace visible, y muy visible, ante la administración, pero no para darte protección, asesoramiento y ayuda, sino para abrirte un expediente de expulsión. ¡Nada más! ¿Hay algo más indigno que arrebatarte la condición de persona? La persona es lo primero, su dignidad es inalienable, porque ha sido creada a imagen de Dios. Esto es irrefutable.
P. Resulta necesario continuar rompiendo hoy día con la idea de que una persona vale más que otra dependiendo de su origen... ¿también dentro de las propias comunidades cristianas?

R. Tenemos que seguir trabajando en esta línea para romper toda clase de prejuicios e ideologías que hacen tanto daño, a la sociedad en general y a uno mismo en particular. Tenemos que apostar por la cultura del encuentro, pero no solo de palabra, sino con obras concretas en nuestra vida ordinaria. Es cierto que no partimos de cero, hay un camino recorrido. Entidades civiles, eclesiásticas, iniciativas privadas... llevan años escuchando el grito desesperado de muchas personas que, por cuestiones de origen, raza o color de piel, pasan auténticas calamidades y son objetos de menosprecio y rechazo. ¡Qué importante es el trabajo en red, para que entre todos podamos devolver a estos hermanos tantos derechos arrebatados!

Tenemos que seguir sensibilizando y visibilizando esta realidad también en la Iglesia, en las comunidades cristianas. No podemos quedar impasibles ante el dolor y el sufrimiento. Los cristianos tenemos que abrir caminos y situarnos en la primera línea del acogimiento y del servicio. Desde los tiempos de Moisés, en la Sagrada Escritura el forastero fue considerado digno de una especial atención.
En esta línea, nuestro arzobispo, don Juan José, nos decía en la despedida de la Cruz de Lampedusa: «En la Iglesia no hay, no puede haber, extranjeros. Los inmigrantes, lo sois en cuanto que os encontráis lejos de vuestra patria. Pero no lo sois en la Iglesia, que debe ser siempre casa abierta, mesa familiar, hogar cálido y acogedor para todos, en el que todos debemos sentirnos como en casa, en el que todos percibamos al otro, por muy distinto que sea, como alguien que me pertenece, como mi hermano».

P. Ahora presentan una nueva línea de trabajo ¿En qué consiste?
R. Para contestar a esta cuestión, me hago eco del objetivo principal del proyecto: «promover el compromiso de la Archidiócesis de Sevilla, a través de sus comunidades parroquiales, con acciones encaminadas a favorecer la acogida, el acompañamiento y la integración de las personas migrantes, desde los valores de la cultura del encuentro de que nos habla el Papa Francisco y la reciprocidad». Es decir, que desde las comunidades cristianas hagamos realidad los cuatro verbos que el papa Francisco insistentemente nos invita a poner en práctica; acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes que residen entre nosotros. Esta línea de trabajo engloba multitud de factores a tener en cuenta, que pasan desde la sensibilización en las comunidades cristianas a acciones mucho más concretas derivada de pequeños proyectos de cada comunidad, como pueden ser el apoyo a las necesidades básicas (vivienda, alimentación, medicación), acogida de jóvenes en contextos familiares, apoyo al acceso y fomento del empleo...
P. ¿Qué expectativas tienen puestas en las parroquias?

R. ¡Todas las del mundo! Sabemos que no es una empresa fácil, pero no podemos perder la esperanza. Además, ya existen experiencias en algunas parroquias de la Archidiócesis donde esto se ha ido gestando y desarrollado con gran implicación de la comunidad parroquial en su conjunto, donde los resultados han sido muy positivos. Es cuestión de ir sensibilizando y conociendo la realidad de las migraciones, de todo tipo de migraciones, no solo la que nos ofrecen los medios de comunicación. Cuando una persona conoce una realidad concreta no queda indiferente, le toca de lleno el corazón y pone todo lo que está en su mano. ¡Cuántos prejuicios han desaparecido cuando nos hemos acercado a la experiencia vital del otro y nos hemos puesto en su lugar! Desde la Delegación de Migraciones y Cáritas Diocesana sabemos del interés y preocupación de muchas comunidades parroquiales por cómo acompañar de la mejor manera posible a estos hermanos nuestros, y el proyecto es una oportunidad para compartir la fe y la vida como unos auténticos hijos de Dios.

Permítame, desde aquí, invitar a todas las personas a conocer el proyecto, tratarlo en su parroquia, con el párroco y otros agentes de pastoral, y poner en marcha todos los mecanismos para comenzar a dar vida al proyecto «Hermano migrante, no estás solo» en su parroquia.

 

Hermano migrante: no estás solo
 

El proyecto se puso en marcha durante el mes de abril, como respuesta a la grave situación de desamparo que experimentó este colectivo consecuencia del confinamiento. Además de ver interrumpida su actividad y, por tanto, su fuente de ingresos, sufrió la inaccesibilidad a cualquier tipo de ayuda pública precisamente por su situación de irregularidad. Por este motivo, ambas pastorales impulsan este proyecto con el objetivo de dar respuesta a las necesidades de los migrantes. El trabajo compartido ha provocado una profunda reflexión sobre el papel que juega la Iglesia más cercana con los migrantes, la capacidad de acogida y el trabajo que se realiza en aras de su integración.

Fruto de esta reflexión, nació una nueva línea de trabajo para promover el compromiso de la Archidiócesis de Sevilla, a través de sus comunidades parroquiales, con acciones encaminadas a favorecer la acogida, el acompañamiento y la integración de las personas migrantes, desde los valores de la cultura del encuentro y reciprocidad a los que hace referencia el papa Francisco.

Desde la Delegación Diocesana de Migraciones se hace una llamada a la comunidad de fieles a seguir centrando la mirada en las personas más vulnerables, especialmente aquellos que más sufren, respondiendo con los valores del Evangelio, practicando la dimensión universal de la caridad ante la injusticia y trabajando para que los migrantes tengan un lugar privilegiado en hogares y parroquias.

 

 

SENSIBILIZACIÓN

¿Reparto de alimentos o derecho a la alimentación

Reparto de Alimentos

«Queremos evitar cualquier forma de discriminación o segregación de las personas por el hecho de encontrarse en una situación de precariedad económica». Bajo esta premisa, Cáritas Española ha presentado hace pocas semanas la iniciativa «Alimento y dignidad», una propuesta de reflexión ─basada en el documento Alimento y vestido como derecho. Cuestión de dignidad, autonomía e inclusión─ que confronta la noción del «derecho humano a la alimentación» con algunas prácticas asentadas en el ámbito de la atención primaria, muy particularmente con el reparto en especie.  El documento propone importantes razones para la revisión de algunas de nuestras prácticas y ofrece las referencias alternativas de algunas experiencias desarrolladas en distintas Cáritas diocesanas.  Aunque su interés desborda el ámbito de la institución, la iniciativa está dirigida especialmente a los agentes de Cáritas que, desde distintas responsabilidades institucionales y en los distintos ámbitos de presencia pastoral, influyen e intervienen en nuestra labor asistencial.

 
Texto: J. Cano / Foto: Cáritas Diocesana

 

La alimentación trasciende en dimensión humana al acto y a la necesidad animal de alimentarse: constituye un derecho y un acto de soberanía que no solo nos relaciona con la satisfacción de las necesidades materiales de subsistencia, sino también con el reconocimiento de la vocación y la dignidad de las personas, con su necesidades de autonomía y empoderamiento.

Jean Ziegler, Relator Especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, la definía en 2003 como «el derecho a tener acceso de manera regular, permanente y libre a productos cuantitativa y cualitativamente adecuados y suficientes; adaptados a las tradiciones culturales; garantía de una vida libre de angustias, satisfecha y digna». La disponibilidad de alimentos en cantidad y calidad suficientes para satisfacer las necesidades fisiológicas de las personas es una condición necesaria, pero no suficiente. Además, los alimentos deben estar al alcance de todos de forma estable ─por producción propia, por compra o por sistemas de protección social─, sin que su coste amenace la provisión y la safisfacción de otras necesidades. Y el régimen alimentario debe proporcionar también productos libres de sustancias nocivas y adecuados al sexo, la edad, la ocupación, la cultura y el estado de salud..

Inseguridad alimentaria a escala global

Según Naciones Unidas, casi setecientos millones de personas ─en su mayor parte pequeños agricultores, pescadores o pastores sin acceso a los recursos necesarios para producir─ padecían hambre aguda y crónica en el mundo a finales de 2019. A ellas podrían sumarse otros ciento treinta millones a finales de este año, como consecuencia de la crisis provocada por la COVID─19. Además, más de tres mil millones de personas no pueden permitirse una dieta «saludable».

El hambre es, ciertamente, una constante histórica de la humanidad, aunque las causas de su persistencia en el siglo XXI, cuando somos capaces de producir los alimentos necesarios para el doble de la población que alberga el planeta, no hay que buscarlas en la fatalidad histórica, sino en el factor humano. Para entender y luchar contra el hambre en nuestro mundo globalizado es necesario reconocer las dinámicas sociales y económicas que anteponen los intereses de los grandes mercados a la satisfacción de las necesidades básicas del ser humano; consolidan el acaparamiento y el agotamiento de recursos; generan modelos de producción agropecuaria, sistemas alimentarios y patrones de consumo insostenibles, ineficientes, especulativos y despilfarradores.

El despilfarro de alimentos y la lucha contra la pobreza

En el mundo se desperdician anualmente 1.300 millones de toneladas de alimentos, un tercio del total producido. En este contexto, España es el séptimo país de la Unión Europea que más comida desperdicia: solo en nuestro país se tiran a la basura 7,7 millones de toneladas al año, lo que equivale a 179 kilogramos por persona.

El acaparamiento y el despilfarro de alimentos, su desperdicio masivo, constituye una de las representaciones más obscenas de la desigualdad humana. «Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos» (Fratelli Tutti, 13). Quizás por ello, la compensación de la carencia con la sobreproducción y el excedente se instituye en nuestro imaginario como una respuesta lógica al hambre y a la inseguridad alimentaria. De hecho, muchas acciones de lucha contra el hambre se presentan vinculadas ─en las concepciones y en las prácticas─ a otras acciones que fomentan la reducción del desperdicio alimentario. Sin embargo, al margen de las buenas intenciones, no debemos caer en la simplificación de considerar la inseguridad alimentaria como un problema de logística, descartando el hecho fundamental y decisivo de que la ineficiencia constituye una condición de los intereses comerciales que colonizan el sistema agroalimentario.

No cabe duda de que la modificación de nuestros hábitos de consumo hacia un consumo responsable constituye un acto de solidaridad global: consumir de acuerdo a nuestras necesidades reales; comprar alimentos de proximidad y de estación; consumir artículos producidos por medios respetuosos con el medio ambiente; moderar en el uso del aire acondicionado, la luz, la calefacción y el agua; reutilizar y reciclar nuestras basuras y objetos personales y familiares de uso; favorecer el uso de energías limpias y renovable, cuidar de nuestra naturaleza cercana. También el rescate de alimentos puede constituirse en una vía importante de inclusión social y de contribución a la sostenibilidad medioambiental. Pero la lucha contra el desperdicio de alimentos no debe relacionarse, al menos consecuentemente, con la lucha contra la inseguridad alimentaria.

En Cáritas creemos en la importancia de rescatar los alimentos del despercidio, pero también creemos que repartir alimentos excedentarios entre la población pobre necesitada no es una solución al escándalo de la inseguridad alimentaria. Nuestra apuesta se orienta a que las personas empobrecidas sigan cubriendo sus necesidades, en la medida de lo posible, a través de los canales normalizados en los que se encontraban antes de verse en situación de pobreza, con la voluntad tanto de garantizar el derecho a la alimentación como de eludir la pérdida de habilidades personales y debilitar más la red económica local.

El empleo de los alimentos que rescatamos no debe pensarse unívocamente como la solución alimentaria de la población empobrecida o en riesgo de exclusión social, sino como una respuesta ecológica y de inserción social, de modo análogo a como lo reconocemos ─con valor e importancia creciente─ en el empleo de los excedentes y residuos textiles: es decir, orientándolos a iniciativas de inserción ocupadas de su tratamiento, reciclaje o comercialización.

El despilfarro de alimentos y la lucha contra la pobreza

En el mundo se desperdician anualmente 1.300 millones de toneladas de alimentos, un tercio del total producido. En este contexto, España es el séptimo país de la Unión Europea que más comida desperdicia: solo en nuestro país se tiran a la basura 7,7 millones de toneladas al año, lo que equivale a 179 kilogramos por persona.

El acaparamiento y el despilfarro de alimentos, su desperdicio masivo, constituye una de las representaciones más obscenas de la desigualdad humana. «Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos» (Fratelli Tutti, 13). Quizás por ello, la compensación de la carencia con la sobreproducción y el excedente se instituye en nuestro imaginario como una respuesta lógica al hambre y a la inseguridad alimentaria. De hecho, muchas acciones de lucha contra el hambre se presentan vinculadas ─en las concepciones y en las prácticas─ a otras acciones que fomentan la reducción del desperdicio alimentario. Sin embargo, al margen de las buenas intenciones, no debemos caer en la simplificación de considerar la inseguridad alimentaria como un problema de logística, descartando el hecho fundamental y decisivo de que la ineficiencia constituye una condición de los intereses comerciales que colonizan el sistema agroalimentario.

No cabe duda de que la modificación de nuestros hábitos de consumo hacia un consumo responsable constituye un acto de solidaridad global: consumir de acuerdo a nuestras necesidades reales; comprar alimentos de proximidad y de estación; consumir artículos producidos por medios respetuosos con el medio ambiente; moderar en el uso del aire acondicionado, la luz, la calefacción y el agua; reutilizar y reciclar nuestras basuras y objetos personales y familiares de uso; favorecer el uso de energías limpias y renovable, cuidar de nuestra naturaleza cercana. También el rescate de alimentos puede constituirse en una vía importante de inclusión social y de contribución a la sostenibilidad medioambiental. Pero la lucha contra el desperdicio de alimentos no debe relacionarse, al menos consecuentemente, con la lucha contra la inseguridad alimentaria.

En Cáritas creemos en la importancia de rescatar los alimentos del despercidio, pero también creemos que repartir alimentos excedentarios entre la población pobre necesitada no es una solución al escándalo de la inseguridad alimentaria. Nuestra apuesta se orienta a que las personas empobrecidas sigan cubriendo sus necesidades, en la medida de lo posible, a través de los canales normalizados en los que se encontraban antes de verse en situación de pobreza, con la voluntad tanto de garantizar el derecho a la alimentación como de eludir la pérdida de habilidades personales y debilitar más la red económica local.

El empleo de los alimentos que rescatamos no debe pensarse unívocamente como la solución alimentaria de la población empobrecida o en riesgo de exclusión social, sino como una respuesta ecológica y de inserción social, de modo análogo a como lo reconocemos ─con valor e importancia creciente─ en el empleo de los excedentes y residuos textiles: es decir, orientándolos a iniciativas de inserción ocupadas de su tratamiento, reciclaje o comercialización.

El derecho a la alimentación en España

España ratificó en 1976 el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y, más recientemente, en 2010, su Protocolo Facultativo, que contienen, junto a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1978, la definición jurídica del derecho humano a la alimentación. Sin embargo, la Constitución Española de 1978 no protege de manera explícita el derecho a una alimentación adecuada; y nuestro país tampoco ha desarrollado su contenido en el derecho interno. Esta ausencia de letra está quizás en la base de la cierta relegación de este derecho frente a otros, como el derecho a la salud o a la educación, que sí son mencionados específicamente en el texto constitucional. Y también, probablemente, en el hecho de que la normativa desarrollada en España sobre seguridad alimentaria no esté determinada por un enfoque global sobre la desnutrición y la malnutrición, sino por enfoques parciales sobre la salubridad de los alimentos o los hábitos saludables.

Tampoco se cuenta en España con demasiados análisis seguros y fiables que informen sobre la situación del acceso y la disponibilidad de alimentos. Esto lleva a que, a veces, estas situaciones queden en la sombra, difuminadas en un concepto global de pobreza que oculta las situaciones concretas en que se manifiesta.

En cualquier caso, es seguro que la crisis económica de 2008 impactó de manera profunda en el derecho a la alimentación en España. Según el último Informe de la FAO sobre inseguridad alimentaria, a finales de 2019, había en nuestro país ─en progresión creciente desde 2008─ más de 800.000 personas en situación de inseguridad alimentaria severa, es decir, con acceso limitado a los alimentos por falta de dinero u otros recursos. Y la actual emergencia sanitaria y social provocada por la COVID─19 ha supuesto, sin duda, como hemos comprobado de forma dramática en nuestros servicios de atención primaria, un nuevo embate en la degradación de los niveles de seguridad alimentaria.

Responsabilidad pública y responsabilidad social
Muchas organizaciones sociales reparten ─repartimos─ hoy alimentos, pero parece claro que es en el ámbito de las instancias políticas y la responsabilidad pública donde deben tomarse las decisiones que garanticen el derecho a la alimentación, promuevan sistemas alimentarios limpios, justos y sostenibles, y permitan la creación de oportunidades de sustento para los más pobres.Muy especialmente en este terreno, en Cáritas no debemos perder de vista que nuestra acción, que se realiza en un marco de complementariedad y cooperacion con las administraciones, no es sustitutiva de la responsabilidad pública ni ampara su irresponsabilidad. Las organizaciones sociales debemos ejercer una labor de concienciación, movilización, incidencia política y denuncia si es necesaria, de manera que los gobiernos (locales, nacionales e internacionales) adopten y pongan en práctica medidas económicas y sociales que satisfagan el derecho a la alimentación de todas las personas.
Cáritas y el reparto de alimentos
El reconocimiento de la necesaria complementariedad entre la labor asistencial y otras dimensiones de la acción social, como el acompañamiento educativo o la animación comunitaria y social, moldea una de las más importantes intuiciones de nuestro modelo de acción social. La atención a las necesidades materiales básicas ─la labor asistencial─ constituye un eje de la acción de Cáritas desde los orígenes de la institución, aunque sabemos bien que, cuando se concibe como una dimensión finalista, nos desentiende de una relación de ayuda verdaderamente humanizadora. Nos lo recordaba contundentemente el papa Francisco no hace demasiado tiempo: «No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilizan y convierten a los pobres en seres domesticados e inofensivos» (Discurso a los movimientos populares, 28-10-2014).
El Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Necesitadas

Cáritas no comparte la línea de intervención basada en el reparto masivo de alimentos comprados por el Programa Operativo de Ayuda Alimentaria del Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Desfavorecidas (FEDA), financiado por el Fondo Social Europeo.

El FEDA no distribuye directamente los alimentos a los beneficiarios, sino que abre concurso para que se presenten las llamadas Organizaciones Asociadas de Reparto (OAR): entidades sociales capaces de garantizar la distribución. En España, solo dos entidades se encargan de esta tarea: la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL) y la Cruz Roja Española. Las dos son entidades mayoristas que, mediante sus delegaciones o federaciones territoriales, hacen que los alimentos lleguen a los diferentes puntos de distribución, que son los que tienen el contacto directo con las personas beneficiarias. Cruz Roja, además, también reparte alimentos directamente a las personas. .

Los bancos de alimentos tuvieron en sus orígenes un objetivo preeminentemente ecológico: se trataba de rescatar excedentes alimentarios, fueran de la producción –por ejemplo reconduciendo los excedentes canalizados por el Fondo Español de Garantía Agraria o los de otros ámbitos de producción– o de la comercialización –acordando con los supermercados y mercados municipales la recogida de productos que ya no se podían vender–, para distribuirlos entre diferentes proyectos sociales. Durante los últimos veinte años, los bancos de alimentos han visto incrementada su demanda y han desbordado su función original, hasta constituirse en entidades acopiadoras y provisionistas de alimentos por medio de grandes campañas de recogida de alimentos, donaciones o, incluso, la compra directa.

En el marco de esta labor asistencial, el reparto en especie también ha sido históricamente un recurso común y frecuente, hasta el punto de fijarse ─casi imborrablemente, da la impresión a veces─ como un trazo destacado en el imaginario social sobre Cáritas. Y aún hoy, este recurso sigue centrando una parte importante de las concepciones, intereses y esfuerzos de un número considerable de nuestros equipos.

Sin embargo, pese a su persistencia, esta «solución» no ha gozado de un reconocimiento invariable en la historia de la institución. Durante los años noventa y buena parte de la década siguiente, el viejo proverbio de «la caña y el pez» ya ilustraba una importante narrativa institucional sobre la acción social en la que el reparto en especie se reconocía y se relegaba como un recurso de ayuda anacrónico, asistencialista e ineficiente, difícilmente compatible con la dimensión y la proyección pedagógica y promocional de nuestra labor.

El Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Necesitadas

Cáritas no comparte la línea de intervención basada en el reparto masivo de alimentos comprados por el Programa Operativo de Ayuda Alimentaria del Fondo de Ayuda Europea para las Personas Más Desfavorecidas (FEDA), financiado por el Fondo Social Europeo.

El FEDA no distribuye directamente los alimentos a los beneficiarios, sino que abre concurso para que se presenten las llamadas Organizaciones Asociadas de Reparto (OAR): entidades sociales capaces de garantizar la distribución. En España, solo dos entidades se encargan de esta tarea: la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL) y la Cruz Roja Española. Las dos son entidades mayoristas que, mediante sus delegaciones o federaciones territoriales, hacen que los alimentos lleguen a los diferentes puntos de distribución, que son los que tienen el contacto directo con las personas beneficiarias. Cruz Roja, además, también reparte alimentos directamente a las personas. .

Los bancos de alimentos tuvieron en sus orígenes un objetivo preeminentemente ecológico: se trataba de rescatar excedentes alimentarios, fueran de la producción –por ejemplo reconduciendo los excedentes canalizados por el Fondo Español de Garantía Agraria o los de otros ámbitos de producción– o de la comercialización –acordando con los supermercados y mercados municipales la recogida de productos que ya no se podían vender–, para distribuirlos entre diferentes proyectos sociales. Durante los últimos veinte años, los bancos de alimentos han visto incrementada su demanda y han desbordado su función original, hasta constituirse en entidades acopiadoras y provisionistas de alimentos por medio de grandes campañas de recogida de alimentos, donaciones o, incluso, la compra directa.

El papel de los comedores sociales

Con el respaldo de una enorme e impagable labor histórica, frecuentemente sostenidos y administrados por organizaciones de la Iglesia, durante las últimas décadas los comedores benéficos han ido constituyéndose en recursos especializados en la atención a situaciones de grave exclusión. Por ello, muchos de ellos están también dotados de servicios de ducha, roperos y unidades de trabajo social. Durante los momentos más duros de la crisis económica, el recurso de los comedores también ha vuelto a entrar circunstancialmente en el circuito de la solidaridad frente a la situación de la inseguridad alimentaria. Los comedores sociales son herramientas indispensables para la lucha contra la exclusión, pero no pueden constituir una garantía permanente del derecho a la alimentación.

Un poderoso y arriesgado recurso de sentido

Pero repartir alimentos es algo más que un recurso de ayuda a los demás. A veces, también nos proporciona una narrativa simple, inteligible y expeditiva de la ayuda directa y puntual, que oponemos «a otras complicaciones y divagaciones» sobre la pobreza y la relación de ayuda. Nos ofrece contenidos y tareas que nos estructuran organizativamente. Nos abre a un terreno fácilmente practicable para la realización de nuestro compromiso y de nuestra buena voluntad. E incluso se presenta algunas veces como una forma de donación segura y previsora de abusos en el empleo de la ayuda: una solidaridad condicionada y bajo control, que sospecha del pobre y por lo tanto previene de la desviación «hacia cosas que no son de comer».

Pero la pobreza es un hecho social y antropológicamente complejo, y la relación de ayuda jamás es un acto neutro. Hélder Cámara lo intuía hace ya muchos años cuando afirmaba: «Muchos de nuestros actos de ayuda hacen más necesitados a los pobres. Solo si se dirigen a extirpar las raíces de la pobreza pueden ser liberadores». En este sentido, el reparto de alimentos nos sitúa frente a un riesgo importante de ofuscar nuestra percepción de las verdaderas causas de la pobreza, restándonos visión y proyección social y educativa, generando relaciones de subordinación y dependencia, y convirtiendo nuestros actos en factores de reproducción social y no de cambio. Por ello, la ayuda debe ser también un acto moralmente exigente. No solo es importante el qué, sino también el para qué y el cómo. No debemos olvidar poner en el centro la vivencia de las personas que demandan nuestra ayuda, con frecuencia marcadas por el dolor, el sufrimiento, la ruptura, la incertidumbre, la inseguridad, la culpa, la vergüenza, la ansiedad o la desvalorización personal.

Una espiral absorbente de método y recursos

No es extraño, por tanto, que el reparto de alimentos tienda a instituirse como una acción permanente en la experiencia de muchos grupos. Cuando esto sucede, nuestra labor suele precipitarse en una espiral en la que cada vez son necesarios más alimentos y, consecuentemente, más recursos -humanos, materiales, económicos y logísticos- dedicados a las tareas de provisión, almacenamiento, manipulación y distribución. Pese a ellos, las propias condiciones del sistema impiden con frecuencia superar la fragmentación, la irregularidad, la insuficiencia o incluso el desequilibrio de la ayuda en el plano de las necesidades nutritivas.

Cuando centra nuestra labor, se corre el gran riesgo de que la propia dinámica de la acción relegue la percepción de la necesidad y la importancia para la acogida y el acompañamiento a las personas y familias, para la animación de la comunidad parroquial o para la construcción de iniciativas comunitarias. De este modo, el tipo de ayuda reduce las expectativas de las personas y familias, que han de adaptarse a la ayuda -y no la ayuda a ellas- y no pueden dejar de recibirlas. Se imponen condiciones, exigencias y procedimientos que se sobreañaden a su fragilidad, al margen de sus realidades y de cualquier condición personal: espacios restringidos y exclusivos para economías precarias, colas, no pueden elegir qué desean comer, no pueden adaptar su menú a necesidades particulares de salud o a sus gustos y costumbres culturales, ya que depende de los productos disponibles y en el momento determinado del reparto. Frente a determinados procesos personales o familiares en los que resultan clave los aprendizajes vitales, nuestro trabajo se desentiende y se reduce. Frente a la cronicidad de muchas situaciones, como un contrasentido, se tiende enjuiciar, a segregar y a penalizar la recurrencia de las ayudas.

A vueltas de nuevo con el reparto de alimentos
El papel de los comedores sociales

Con el respaldo de una enorme e impagable labor histórica, frecuentemente sostenidos y administrados por organizaciones de la Iglesia, durante las últimas décadas los comedores benéficos han ido constituyéndose en recursos especializados en la atención a situaciones de grave exclusión. Por ello, muchos de ellos están también dotados de servicios de ducha, roperos y unidades de trabajo social. Durante los momentos más duros de la crisis económica, el recurso de los comedores también ha vuelto a entrar circunstancialmente en el circuito de la solidaridad frente a la situación de la inseguridad alimentaria. Los comedores sociales son herramientas indispensables para la lucha contra la exclusión, pero no pueden constituir una garantía permanente del derecho a la alimentación.

La emergencia social desencadenada entre miles de familias en 2008, con el dramático incremento de la presión asistencial que tan duramente ha repercutido desde entonces en nuestros grupos, nos retrajo de nuevo a su «lógica», a su recuperación y en cierto modo a su «relegitimización», con el resultado de que ha ido quedando naturalizado y fortalecido desde entonces, no solo en el marco de nuestra labor, sino en la mentalidad de la sociedad, de otras organizaciones sociales e incluso de las administraciones, que llegan a reconocerlo como solución «lógica, natural y deseable» frente a determinadas condiciones de pobreza.

Pese a ello, en Cáritas persiste también una amplia y generalizada coincidencia en la percepción de las limitaciones y contradicciones del modelo, traducida en dudas, precauciones y cuestionamientos que nos invitan a abordar un replanteamiento del acto material de estas donaciones. Conviene recordarlo en el contexto de la nueva emergencia social desencadenada por la epidemia de la COVID─19, cuando la desbordante presión asistencial sobre nuestros equipos vuelve a hacer centrifugar nuestras acciones en torno a las ayudas materiales de emergencia: la distribución de alimentos en especie, que puede llegar a ser una garantía puntual de subsistencia en escenarios y contextos de emergencia, no puede instituirse como una acción permanente con que garantizar la alimentación de las personas y familias en riesgo o en situación de exclusión social.

 

 

Moviéndonos por el trabajo decente

Trabajo decente
Texto: Redacción / Foto: Acción contra el Paro
 

Bajo el lema «Nos movemos por el trabajo decente», las organizaciones participantes en la Iniciativa Iglesia por el Trabajo -Cáritas, CONFER, HOAC, Justicia y Paz, JEC y JOC- conmemoraron el 7 de octubre, por sexto año consecutivo, la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Esta iniciativa tiene como objetivo contribuir a la visibilización de la precariedad que sufre el mundo del trabajo, aumentada por la situación de emergencia sanitaria provocada por la pandemia mundial de la COVID-19.

En Sevilla, las acciones de la campaña han sido promovidas y animadas por la iniciativa diocesana Acción contra el Paro, con diversas acciones de sensibilización, reivindicativas y celebrativas que culminaron con un encuentro de oración, el mismo día 7, en la parroquia de la Resurrección del Señor.

La Acción contra el Paro –promovida por Justicia y Paz, Delegación Diocesana de Migraciones, Cáritas Diocesana, Pastoral Obrera, Pastoral Penitenciaria, Fundación Cardenal Marcelo Espínola, Hermandad Obrera de Acción, Hermandades del Trabajo, Movimiento Cultural Cristiano, Movimiento de los Focolares y Conferencia Española de Religiosos (CONFER)- es una iniciativa surgida en el curso 2014-2015 como prioridad pastoral diocesana. Bajo el lema «Ante el paro, activa tu conciencia», tiene como objetivo analizar las bases del problema del paro, profundizar en el compromiso común, orar juntos y poner en valor las iniciativas que la Iglesia diocesana realiza a favor de los desempleados y de los trabajadores precarios.

 

 

Cada gesto cuenta

Texto: Redacción / Fotos: Cáritas Diocesana
 

La epidemia de la COVID-19 está provocando desde hace meses un importante agravamiento de la situación económica y social de muchas familias, pero también va dejando un sinnúmero de gestos solidarios, procedentes tanto de personas particulares como de entidades sociales y empresariales

Bidafarma Bidafarma aporta productos de parafarmacia
Entre estas últimas, la cooperativa farmacéutica Bidafarma ha puesto en marcha una iniciativa solidaria para la provisión mensual de productos de parafarmacia entre las Cáritas parroquiales y los proyectos diocesanos. Desde que surgiera la iniciativa, por el mes de julio, han sido atendidas numeros peticiones de Cáritas parroquiales, Centro Amigo, Proyecto Nazaret y Programa de Mayores.
Artistas Solidarios con Cáritas Diocesana
Los Artistas Solidarios sevillanos reunidos en la cuenta de Instagram @pintart_solidario hacen también suyo desde hace varios meses el lema «Cada Gesto Cuenta» y contribuyen a la labor de la institución con el producto de su talento artístico. Desde el mes de junio, realizan cada 15 días un sorteo de las pinturas donadas por diferentes artistas, entre ellos José María Díaz Ligüeri, Llanos Part Jonet, Javier Jiménez Sánchez-Dalp, Rocío Acosta, Jaime Valero, Raúl Montes, Justo Mesa, Merche González, Paco Sánchez, Mundi Martín Iglesias y Teresa Peña. Los sorteos de las obras se realizan los días 1 y 16 ante el notario José Luis Lledó, que también colabora con la iniciativa, entre las personas que contribuyen con un donativo, según las bases anunciadas en la cuenta de Instagram.
Pilares, aceites de autor
Del mismo modo, en el horizonte de la campaña comercial de diciembre, la empresa lantejolense J Méndez Distribuciones Ecológicas y Biodinámicas SL se ha sumado a la nómina de las entidades colaboradoras con la donación a Cáritas de una parte significativa de los beneficios obtenidos con la venta de su estuche de aceites de alta calidad «PILARES Sabores de España». La firma aceitera, radicada en la localidad sevillana de Lantejuela, está dedicada a la producción y distribución de aceite de oliva extra ecológico-biodinámico. En el planteamiento de su política de responsabilidad social empresarial, presta especial atención al objetivo "Hambre Cero" de los Objetivos Desarrollo Sostenible, como agente facilitador del mismo, y se ha incorporado al proyecto Entidades con Corazón con la intención de renovar la colaboración iniciada este curso.
Concierto navideño de Los Arcos y Virgen de los ReyesConcierto Los Arcos
Por su parte, el Centro Comercial Los Arcos y la Agrupación Musical «Virgen de los Reyes» ofrecieron el pasado 21 de noviembre un concierto navideño y solidario a baneficio de la labor de la institución. El recital, organizado en tres pases con el propósito de garantizar las medidas de aforo y distanciamiento establecidas en la actualidad para este tipo de actos, se celebró con gran éxito de asistencia en la Plaza del Agua del centro comercial.

 

 

PROYECTOS

Manos que desafían el contagio

Centro Diocesano de Empleo
Texto: M.Salido / Foto: Cáritas Diocesana
 

«Este es un tiempo para volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo» (Francisco, Carta Encíclica «Laudato si'»).

Acompañamos a muchos perfiles de personas, pero en esta pandemia los primeros en caer han sido las personas con trabajos irregulares, precarios o temporales que no han podido acogerse a ningunas de las ayudas públicas, personas que estaban empezando a levantar cabeza tras la crisis de 2008 , cuyos esfuerzos se han visto destrozados por esta nueva crisis.

Este año, más que otros, nos hemos esforzado por mirar con los ojos del corazón y ser signo de esperanza ante el desánimo generalizado. Nunca antes había tenido tanto sentido reforzar la acogida. Desde nuestra mirada, en la Acogida constatamos que la gente ya no llora, está asustada, se aferra a cualquier signo de futuro, ya sea en formato de taller formativo o de cita con alguien que SÍ la va a recibir en PERSONA.

Ante tantas puertas cerradas, siguen manteniendo la paciencia.

Durante este año se han cerrado las PUERTAS de la administración y se han creado cauces informáticos de comunicación para gente que ni puede ni sabe cómo enfrentarse a ellos.

Encontramos PUERTAS cerradas en el acceso a las ayudas, que se anunciaron como alivio de su precariedad pero que no han llegado; o, peor aún, de las que se han quedado fuera por no ser «pobres identificados».

Las PUERTAS de la compasión, que en plena pandemia deja sin protección internacional a personas que habían iniciado un procedimiento de regularización y se han vuelto a encontrar en situación irregular; y, por lo tanto, fuera del sistema de protección social.

Las PUERTAS cerradas de la protección laboral, donde la feminización de la pobreza deja de nuevo desprotegidas a las mujeres que ocupaban puestos de cuidados personas y del hogar en economía sumergida. No pudieron acogerse a medidas de PANDEMIA y se destruyó su empleo.

La mayoría de las personas están agradecidas por encontrar la PUERTA de Cáritas abierta. Este año hemos seguido acogiendo y buscando cómo abrir estas puertas cerradas para ellos: formando, orientando, siendo sus intermediadores y tejiendo las REDES con esas empresas valientes que siguen abriendo, a su vez, las PUERTAS a Caritas.

Nuestras empresas colaboradoras relacionadas con el turismo están sufriendo gravemente el impacto de la COVID-19, pero encontramos signos de esperanza y muchas otras empresas han confiado en Cáritas para seguir apostando por la inserción de las personas más vulnerables. Empresas de sectores como la limpieza profesional, el comercio de grandes superficies o la agricultura han incrementado su demanda de trabajadores y trabajadoras.

El equipo de orientación laboral ha abierto PUERTAS al uso de las tecnologías de información y comunicación. Ante el reto de buscar empleo cuando se estaba en confinamiento o con restricciones a la movilidad, se ampliaron las formas de contacto (teléfono, Skype, videollamadas, blog). Muchas de las personas participantes han profundizado en el uso de las nuevas herramientas y, ante las puertas cerradas de los servicios públicos de empleo, han visto una oportunidad de mantenerse vinculados y acompañados en su proyecto personal. Se han realizado 17 sesiones formativas online. Nuestro día a día ha incorporado tanto la presencialidad como el acompañamiento por videollamada. El uso del Blog de Orientación tuvo una marcada intención de compartir buenas noticias, realizando actividades como compartir las ofertas, empleos conseguidos y frases motivadoras cuando todo parecía imposible. Frases como «No te rindas nunca, ten fe, no sabes si el próximo intento será el que funcione», «Volveremos a la vida de antes, más fortalecidos y con mucho más amor hacia los demás», «Te esperan cosas hermosas, solo resiste y ten fe»... llegaban a los grupos creados para compartir experiencias. A lo largo del año se han realizado unas 83 entradas al blog y 10 acciones de motivación.

En estos meses de finales de año, aún con el confinamiento perimetral, hemos facilitado que 45 personas estén realizando prácticas no laborales en empresas, en sectores de logística, energías renovables, comercio, limpieza, hostelería, mantenimiento. El miedo que paraliza se combate desde la acción responsable y segura. Son 45 oportunidades de cambio y mejora profesional que sirven de impulso y motivación.

Hemos logrado concluir con éxito 10 acciones formativas con más de 100 alumnos y alumnas, combinando la presencialidad con la formación a distancia. E incluso en los meses más duros del confinamiento, cuando estábamos organizando las actividades, se hizo un esfuerzo para mantener el contacto y la presencia. La llamada semanal a todas las personas que estaban de formación nos permitió detectar graves situaciones de vulnerabilidad y poner en marcha el apoyo cercano, sobre todo, gracias al voluntariado de las Caritas parroquiales.

En palabra de una de nuestras alumnas en su final de curso, «aquí he aprendido a crecer tanto a nivel profesional como sobre todo personal, me he sentido muy arropada y la verdad es que he cogido mucho cariño a mis compañeras y formadora. Os voy a echar mucho de menos. Reconozco que me ha costado muchísimo trabajo seguir adelante, pero poco a poco y con el apoyo de ustedes he ido cambiando mi manera de pensar. ¡Ya es hora de que me ponga mis alas y me convierta en una bonita mariposa!».

Nuestro reto es dar respuesta a nuestros participantes, adaptándonos a las nuevas exigencias del mercado laboral, sin olvidarnos de fortalecer el compromiso de las empresas colaboradoras, a las que agradecemos y animamos a seguir construyendo el camino hacia el empleo decente.

Toda la comunidad cristiana está llamada a visibilizar y denunciar, a través de todos los medios al alcance, la situación de desigualdad en el acceso al trabajo decente y la negación de dignidad que ello supone..

 

 

Día de las Personas sin Hogar

Campaña Sin Hogar
Texto y fotos: Centro Amigo
 

La semana anterior al domingo 25 de octubre, Día de las Personas sin hogar, Cáritas Diocesana de Sevilla ha celebrado, con diferentes acciones, la campaña Nadie Sin Hogar 2020.

Este año queríamos poner especial énfasis en la necesidad de proteger el derecho humano a la vivienda, como elemento que vertebra y posibilita la superación de situaciones de exclusión residencial grave o sinhogarismo. Así, a través del blog Al Encuentro, hemos podido conocer diferentes experiencias que visibilizan y denuncian una parte de esas situaciones donde la posibilidad de tener un hogar es negada.

Como es obvio, la situación generada por la pandemia de ls COVID-19 ha supuesto todo un reto en la adaptación de una campaña que tenía mucho de presencialidad: tradicionalmente, la campaña era celebrada en diversas parroquias de la Archidiócesis a través de diferentes actividades pastorales (trabajo con grupos de catequesis, cine-forum, charlas coloquio...) y compartida con toda la comunidad a través de una misa dominical donde participaban voluntarios y personas sin hogar que forman parte de alguno de los proyectos de atención en la calle.

Este año se ha tendido a generar una campaña con mayor impacto en lo online, procurando la participación de los mismos agentes (voluntarios y personas sin hogar), e intentando llegar a la ciudadanía mediante estos medios. Queremos agradecer desde Cáritas la implicación de todos aquellos que han querido compartir nuestro contenido.

De la misma forma, las acciones de incidencia política y denuncia asociadas a la campaña se han visto incrementadas por la situación de pandemia. Así, hemos querido exponer cómo la situación de confinamiento, justificada porque el hogar se convertía en la primera barrera de defensa contra el virus, no ha generado opciones de igualdad entre todos los ciudadanos. O cómo la respuesta de la administración a las personas que se encontraban en calle, siendo bienintencionada, no ha generado espacios que mejorasen la vida de la gente en el largo plazo.

Sin duda alguna, ha sido una campaña diferente, pero necesaria. Como nos planteaban en la evaluación de campaña realizada en Centro Amigo: no tener casa mata, y este año ha matado mucho. algo se ha movido en los corazones de las personas cuyo derecho al hogar no se ve vulnerado, y ese cambio en la conciencia, tiene que favorecer una movilización ciudadana.

 

 

RECOMENDACIONES

Pan del cielo

Texto: J. J. González
Pan del cielo
Título: Pan del cielo
Año: 2018
País: Italia
Dirección: Giovanni Bedeschi

En la víspera de Navidad, Lilli y Aníbal, dos personas sin hogar que viven en las calles del barrio milanés de Bicocca, encuentran a un bebé en un contenedor de basura. Deciden llevarlo a un hospital cercano y allí son testigos de un hecho asombroso: nadie del personal médico logra ver al niño. Expulsados del hospital acuden a un almacén abandonado donde malviven otros «sin techo». Allí, sin embargo, sí pueden verlo.

«Pan del cielo» es una película con tinte de evangelio y que hace alusión al nacimiento de Jesús. Dios se revela a los pobres, a los humildes y sencillos de corazón. Se hace pequeño, para que podamos ser grandes, con la grandeza verdadera: la humildad de corazón. El humilde desarrolla una sensibilidad hacia los dones de Dios, tanto en su propia vida como en la de los demás; comprende que cada persona es un don de Dios.

Un mundo que no mira a los descartados no podrá ver nunca al Niño que está con nosotros. Una fe que quiere descubrir la Trascendencia sin descubrir a los excluidos poco tiene que ver con Dios. Un corazón egoísta, rencoroso e injusto necesita la conversión para poder ver a Dios.

Nos encontramos en Adviento, un tiempo idóneo para reflexionar sobre ello, prepararnos por dentro y ponernos en camino… ¿Y tú?, ¿Y yo? ¿Podríamos ver al niño? .

Director de Cáritas Sevilla
Mariano Pérez de Ayala

Jefa de Comunicación
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Realiza
Departamento de Comunicación

Equipo
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Telf: 954 34 71 84
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www.caritas-sevilla.org

Colaboran en este número
Mariano Pérez de Ayala
Carlos González Santillana
José Joaquín González
Mónica Salido
Inmaculada Picazo
Salvador González

Foto de portada
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Imagen de portada
Campaña de Navidad 2020

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